Presentación

Botella Al Mar Blog

Botellas Al Mar Blog

Cualquier texto escrito (este blog también) puede ser entendido como una botella que un náufrago (el autor) lanza al mar, con un mensaje que no se encuentra en condiciones de entregar personalmente. Al confiarlo a una botella, él apuesta a que no se perderá en el laberinto de las corrientes imposibles de controlar, que no chocará contra los arrecifes, que llegará no se sabe a quién, ni menos aún cuándo.

Una de las tantas posibilidades que afronta una botella, es hundirse antes de que alguien lea el mensaje que resguardaba. Otra, que el corcho no consiga impedir que penetre la humedad y el texto se vuelva ilegible, si por extremo azar llega a los ojos de alguien.

Después de publicar algunos libros no demasiado extensos ni memorables, que a pesar del esfuerzo que insumió escribirlos, debieron ser menos apasionantes de lo que suponía, porque de otro modo se hubieran vendido más y me hubieran deparado mayor número de respuestas de lectores, situaciones tales como la autocrítica, el progreso de la edad y una disminución de la vista me condujeron a las formas literarias cada vez más breves.

Al escribir o al hablar, uno intenta capturar (y transmitir) el sentido que atisbó en algún momento, recurriendo al lenguaje que dispone y se le resiste cuando elige cada palabra. De algún modo apuesta a que no obstante la incertidumbre que rodea al proceso de comunicación, logrará fijar algún residuo significante en el texto.

Muchas veces uno abriga dudas sobre la legitimidad de toda la operación, presiente el fracaso que tarde o temprano lo aguarda, y no por eso deja de intentarlo. En esos casos, uno se vuelve crítico de los discursos ajenos y propios. Piensa mucho y sobre todo se calla pronto.

Cuando se pretende renunciar a los malos hábitos que aseguran el aplauso y vaciar al discurso de abultamientos decorativos, es como tratar de olvidar los coordinados movimientos de piernas y brazos que lo mantienen a flote cada vez que se encuentra en el agua. Son destrezas que una vez interiorizadas, cuesta dejar de lado.

Los antiguos escribían poco, fuera porque no había suficientes tablillas, papiros o pergaminos para fijar sus ideas, situación que los llevaba a destruir textos antiguos para imponer los suyos, fuera porque preferían confiar en la memoria y el olvido de quienes recibían sus textos. Uno los admira, no se sabe muy bien si por su concisión, por el azar que preservó una materia tan frágil o porque se ve obligado a completar aquello que no está del todo escrito.

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Aprender a no decir demasiado, como exigen los aforismos, aprender incluso a no decir nada (lo menos posible, pero con mayor precisión) no es una destreza que ninguno de nosotros posea naturalmente. La cultura se encarga de convencernos de la conveniencia de hacer lo contrario. Este casi libro, menos que un libro, distribuido sin tomar en cuenta la existencia de editoriales y librerías, documenta mi proceso (contradictorio) de despedirme del lenguaje.

Elaborar aforismos puede ser una adicción tan riesgosa como las otras, pero afecta a menos gente. Una vez que uno comienza a acumularlos, algunos parecen convocar o generar a otros, estos se oponen a aquellos, en una actividad a la que el autor asiste como un espectador más, que desconoce las reglas de lo que está pasando.

Los aforismos son, después de todo, una manera como tantas de observar el mundo. Una manera sintética, incompleta, en lo posible divertida, nunca demasiado pretenciosa, conocedora de su destino: el olvido en el que queda sumido la mayor parte de los textos.

Ningún aforismo cambia la visión del mundo de nadie (¿acaso alguna visión más extensa consigue algo parecido?). Tal vez un aforismo consigue que se lo recuerde mejor, que se lo cite sin alteraciones, que se acumule en colecciones variopintas, pero su materia escasa no da para construir nada que perdure demasiado. Hay una dignidad propia del decir breve, que los grandes discursos desdeñan.

Es así, pienso, que operan las comunicaciones profundas, lentas botellas errando en lentos mares. (Julio Cortázar)

Una respuesta a Presentación

  1. ROCIO DE LA MORA dice:

    SOMOS NUESTROS PROPIOS DEMONIOS SOLO QUE CON DISTINTOS MAQUILLAJES……. CON ALAS AZULES Y NEGRAS, PERO SIEMPRE LOS MISMOS.

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