Detestables indolentes y parásitos

  1. No hacen nada que valga la pena tomar en cuenta. Se dejan estar, juntando mugre mientras tanto, como quien acumula intereses en su cuenta de ahorros. Pretenden ser los exponentes máximos de alguna vaga reivindicación que ni siquiera se toman el trabajo de plantear. A la larga, heredarán el universo.

    Edward Hopper; Pintura

    Edward Hopper; Pintura

  2. La misión en la vida de los indolentes es evitar el menor esfuerzo, mientras puedan despertar la piedad ajena, que obliga a unos cuantos imbéciles a rogarles que se dejen alimentar, porque de otro modo morirán de inanición, para el eterno remordimiento de quienes pudieron haberlos salvado. ¿Cómo consiguen controlar de tal modo las fantasías redentoras de sus víctimas?
  3. Están convencidos de que la Providencia Divina les debe algún favor por no haber hecho nada que altere la situación actual del universo. Como todo lo que se espera, puede llegar. Si no sucede, tampoco habrán invertido mucho.
  4. Han convertido la inacción en un deporte y quieren competir con otros, para comprobar quién hace menos.
  5. ¡Bienaventurados los parásitos, porque su sola existencia indigna más que mil denuncias de situaciones injustas!
  6. Aunque los seguidores de Buda sostengan que en este mundo pasajero, hasta el piojo tiene tanto derecho a vivir como un ser humano, debo haber evolucionado poco, porque me niego a que lo haga a mis expensas.
  7. Hay los indolentes del Poder, que acaparan los privilegios más odiosos y no dan nada a cambio, y los marginales, que solicitan la inmediata compasión de cualquiera, porque los recursos más elementales les habrían sido negados. ¿En qué se parecen? Todos reclaman que los mantengamos.

    James Ensor: Máscaras

    James Ensor: Máscaras

  8. Con tal de no hacer nada que altere su actual disfrute de una buena posición que no merecen, los indolentes prefieren exponerse a que sus críticos les corten la cabeza. Cualquier cosa, menos el esfuerzo que requiere un cambio.
  9. Aquí o allá, las instituciones demuestran su evidente incapacidad para reconocer el mérito de los que producen y premiar a quienes solo aparentan hacerlo. Si sucediera lo contrario, serían tan exitosas que los parásitos las dinamitarían.
  10. No se necesita demasiado estímulo para que un burócrata no haga nada, pero una vez que su situación queda al descubierto, disculpar la inactividad le requiere con frecuencia el gasto de mayores energías que las requeridas por hacer aquello que correspondía.
  11. Nada los alienta a creerse el centro del mundo, pero actúan convencidos de que no tampoco hay nadie capaz de contrariarlos. Si algo o alguien se opone a esta convicción que parece desprovista de importancia, lo más probable es que despierte una fiera descontrolada, capaz de destruir a todo aquel que se le cruce en el camino.
  12. Pase lo que pase, no planea moverse de donde está. Habrá que ver si alguien considera posible quitarlo de aquello que él ha designado como su territorio, porque lo defenderá con uñas y dientes, como si no pudiera estar más satisfecho de la evidente poquedad que retiene.
  13. Los incapaces revelan una habilidad suprema cuando se trata de perpetuarse en instituciones que miran para otro lado cuando gente como ellos se introduce, no importa cómo y prometen que no habrán de cuestionarlas.
  14. Descansaría mejor, se dice, si no divisara tantos intrusos merodeando su preciado territorio, una situación que basta para ponerlo en alerta y estimular su defensa, aunque no haya comenzado ninguna agresión.
  15. ¡Quizás no suela mover un dedo para detener las injusticias que al parecer otros sufren, demasiado lejos para que él se entere, pero lo verán desplegar todo su ingenio, sus contactos y una envidiable falta de escrúpulos si se atreven a cuestionarlo!

    Jan Lenica: Rinocerontes

    Jan Lenica: Rinocerontes

  16. No moverse del sitio que les pertenece, ni tomar decisiones que conlleven el menor esfuerzo, son privilegios que algunos pocos disfrutan. La inactividad proclama: yo soy el que soy y nadie más que un imprudente se atreve a desafiarme.
  17. El parásito nos advierte que es mejor pensar dos veces antes de acusarlo de no producir nada, porque pocos hay más rápidos que él, cuando se trata de defender alguno de sus privilegios mal habidos.
  18. Para que un parásito se mueva del territorio donde se atrinchera, con la intención de continuar allí hasta el final de los tiempos, se requieren al menos tres condiciones: 1) que pueda sacar algún provecho personal del esfuerzo empleado, 2) que al actuar logre impedir que alguien más se beneficie; 3) que sus superiores lo vigilen.
  19. No es fácil redimir a los indolentes de los hábitos que en mala hora adquirieron. No hay nada que justifique el intento. En lugar de agradecer a quienes pretenden auxiliarlos, no es improbable que se defiendan con uñas y dientes.
  20. Los indolentes no suelen ser aquello que está a la vista, porque la Naturaleza les haya impedido alcanzar un estado más digno. Se empeñaron en serlo y no renunciarán a un proyecto como ese, que tanto aman y ha llegado a convertirse en reflejo condicionado.

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