Época de desaliento y fortaleza

Prometeo encadenado

  1. Despertar en medio de la noche, acosado por las ideas más oscuras, las mismas que luego no tienen demasiada importancia, cuando se las mira  a la luz del día, es desagradable, pero termina por revelarse como una rutina más, de la que aprendí a librarme sin demasiado esfuerzo. Se trata de pensamientos horribles que andan por ahí, que tal vez nunca se quiten del todo, pero pueden ser marginados por un rato, y entonces duermo.
  2. Cada día me digo: intentaré cumplir con los compromisos que adquirí. A veces lo consigo, no sin sorpresa de mi parte, pero lo más probable es que deba recomenzar la misma tarea el día siguiente o en un futuro todavía más lejano. Sin duda, no es una empresa divertida, ni variada. Solo me quejaría si la tarea inacabable desapareciera de pronto. ¡Qué alivio paradojal! Mi vida carecería de sentido.
  3. En ocasiones la desazón más completa llega, se apodera de todo lo que veo, deja constancia de mis límites inocultables, mientras yo espero que pase y me permita evaluar con mayor objetividad lo que permanece en pie después de su visita.
  4. Recuerdo a veces (pero no todo el tiempo) las derrotas que sufrí. Eso quiere decir que no me quedé en el camino, que de algún modo las he superado. También que no las dejé del todo atrás y sin embargo ya no pesan.
  5. No sé demasiado sobre nada en particular, estoy convencido, y de ese poco me aferro en la confianza de que al trabajar haré lo posible por ampliar esa poco confiable base de sustentación.
  6. ¿Cuáles son mis debilidades, cuáles mis fortalezas? No las mismas de antes. En épocas de crisis, todo lo que se pensaba seguro, se trastorna periódicamente. Debo estar atento, porque tal vez lo que más apreciaba hasta hace un rato, puede revelarse como aquello de lo que ahora conviene desprenderse, y viceversa.
  7. Fluir. Adaptarse. Las convicciones se vuelven resbaladizas, no duran demasiado, porque pronto revelan que estorban. Los manifiestos y declaraciones de principios, tan solo suscitan burlas de los advenedizos. El insomnio pasa a convertirse en la actitud más adecuada para los tiempos que vivimos. ¿No decían que el camarón que su duerme, lo lleva la corriente?
  8. Dejarse estar, confiando que en el fondo nada cambiará ranto como se anuncia, ni por mucho rato, y al cabo de los disturbios tan sonados y la aparente novedad que ellos imponen, lo mismo de antes se impondrá por inercia, sin neceidad de  hacer el menor esfuerzo. Allí estás tú, descansado, apostando por la inutilidad de cualquier resistencia, capaz de resistir sin quejarte, las presiones que a otros indignan. Muerto en vida convendría decir, y no obstante con la carta ganadora.
  9. Conviene no hacerse demasiadas esperanzas, ni elaborar planes, que por minuciosos consideramos infalibles. Eso ayuda en las épocas de crisis, que requieren de una adecuación más rápida a los imprevistos de todo tipo. Tal vez no se den las victorias que uno imaginaba, pero al mismo tiempo, quizás tampoco la derrota que se ha previsto, sea tan definitiva como todos aguardan.
  10. Heridas profundas hay que el tiempo restaña, si se tiene la paciencia necesaria y la infección se detiene. No interferir en el proceso de curación parece ser la clave. No vale la pena eternizar un duelo que bien pudo ser pasajero.
  11. Heridas hay por las que uno se desangra, si las deja fluir, fascinado por las evidencias de la fragilidad. No conviene esperar hasta mañana para decidirse a restañarlas.
  12. Hiere que no todos te acepten, incluyendo el rechazo de aquellos a quienes no respetas. Si por una casualidad improbable, se diera que todos te aceptaran, ¿no te sentirías secretamente humillado?
  13. ¿Te quejas de ser marginado por gente a la que desprecias? Probablemente no les conviene tu vecindad. No es que les hagas sombra. Solo estorbas. Debes agradecerles el honor que te hacen al demostrar que no eres uno de los suyos.

    Represión policial en Grecia 2011

  14. Hay tareas que no se completan hoy, ni tampoco mañana. Aunque no exista un plazo, muchas de esas tareas deben ser emprendidas ahora mismo.
  15. Prometeo encadenado a una roca, tras haber donado el fuego a los humanos. El águila que Zeus le manda, puede devorarle el hígado pero no quitarle la vida, porque el tormento debe ser eterno, convirtiéndolo en el monumento a su hazaña.
  16. ¡Ah, la grandeza del perdedor, convertido en monumento a su revuelta contra el orden injusto! Nadie quiere ocupar ese puesto envidiable.
  17. Es alguien que no tolera verse derrotado. Por lo tanto, se abstiene de cualquier enfrentamiento del que pueda salir mal parado. Tras decisiones tan prudentes como esas, lo más probable es que jamás haya de triunfar.
  18. Cuando elude los conflictos en los que puede salir derrotado, conserva la terca ilusión de que continuará siendo invicto.
  19. La derrota lo descentra, remueve y destaca lo peor de él, en lugar de ofrecerle la oportunidad de repensar desde otra perspectiva (más sólida, mejor informada) sus opciones de antes.
  20. No está acostumbrado a imaginarse triunfante de un desafío. No sabe qué hará después, para no encaminarse a la próxima, inevitable derrota.

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