Vejez y otros aterrizajes

Anciana

A: ¡Cómo ha envejecido usted!

B: Eso es lo que suele ocurrir cuando se vive mucho. (Georg Lichtenberg)

  1. Cuanto más liviano el equipaje (confío) más cómodo será el último viaje. La rima es involuntaria y la hipótesis no se encuentra demostrada todavía.
  2. Aprender a despedirse del mundo, es el programa razonable para lo que te reste de vida. No te preocupes de completar el curso que iniciaste y solicitar un diploma, porque lo más probable es que no tardes en olvidar gran parte de lo que en un momento dado consideraste aprendido, por lo que te será necesario intentarlo de nuevo, como si fuera la primera vez. ¿No es una buena forma de mantenerse ocupado?
  3. Tras la despedida de tu vida con todas de la ley, no estaría nada mal volver a lo de siempre, que sin ser gran cosa,  al menos existe, como si se tratara de un formidable descubrimiento, que cada vez se renueva.
  4. Algunos aterrizan en la realidad sin demasiada resistencia de su parte, incluso con cierta elegancia, mientras la mayoría lucha por mantenerse flotando sobre las evidencias, hasta que el inevitable se impone: uno envejece y pierde las facultades que supuso lo acompañarían por siempre; o mantiene las facultades, pero de cualquier modo pierde la lozanía del cuerpo. Lo mejor que puede esperarse es envejecer con el menor dolor posible.
  5. Estás convencido de que no te queda ningún proyecto que justifique aferrarte a la vida, y sin embargo ten paciencia, vuelve a mirar, porque lo más probable es que algún deseo permanezca insatisfecho, allí donde no esperabas encontrar nada, en un área de tu vida que no aprecias demasiado. Algo continúa invitándote a continuar, aunque solo sea tu convicción (errada) de que todo ha concluido, contra las porfiadas evidencias de que nunca fuiste capaz de ver con demasiada claridad el mundo y por lo tanto las rectificaciones se encuentran a la orden del día.
  6. La impaciencia te dominaba, llegaste a considerarla tu estado normal, que disfrutabas como el que se sabe en completo control de tu cuerpo, y entonces debiste aprender a esperar, a postergarte, a preguntar si acaso te está permitido dar el próximo paso.
  7. Nada funciona ya demasiado bien, ni corresponde confiar que por mucho tiempo, cuando uno envejece. Con frecuencia uno descubre que algo falla. No es una perspectiva de felicidad ilimitada y a bajo costo, cosa que debería alegrarnos más de lo que suele, porque peor es imaginar que la eterna juventud y la salud perfecta son proyectos viables y no hace falta prepararse para el aterrizaje que tarde o temprano se impondrá.
  8. Confío que no lo tomen como queja o disculpa, pero nunca me prepararon para ser viejo, por lo que no es raro que en la actualidad, al enfrentar problemas que no admiten dilaciones, vaya tanteando y metiendo la pata con tal frecuencia, que para los observadores puede parecer un método.
  9. Para el gran amor de su vida, uno se prepara enamorándose de otras personas que no llegarán a tener nunca la misma importancia. Preparándose para la vejez, uno debería aprender a despedirse de todo lo que considera imposible de perder, sin que la vida pierda todo el sentido.
  10. Contemplar a los viejos debería ser una actividad tanto más útil para cualquier joven que tirar las cartas del tarot o leer el horóscopo. Allí están algunos de los futuros posibles para el observador, sin metáforas interpuestas que distraigan de lo concreto. Eso que tanto cuesta mirar de frente, es lo que le aguarda y también aquello de lo cual tiene la oportunidad de apartarse.
  11. No digo que uno acepte las despedidas del mundo con alegría, pero al menos conviene tener presente que la habilidad para hallar sustitutos y en el peor de los casos, autoengañarse, es inagotable para los seres humano.
  12. A pesar de la sordera que lo aislaba del mundo, mi abuelo paterno aprendió a tocar el piano por sí mismo, después de los setenta años, cuando sus hijos habían crecido, recibido su parte de la herencia que les correspondía y probablemente nadie lo necesitaba en este mundo. Nunca me dijo: tómame como ejemplo, pero hoy lo recuerdo como eso.

    Rembrandt: Detalle de Autorretrato

  13. Mis abuelos maternos murieron tan jóvenes que dejaron huérfanos a sus hijos pequeños. No los conocí. Por eso la lección que me dejaron fue: ¡Sobrevive! Pase lo que pase, intenta salir adelante, porque si tu vida tiene algún sentido, es que te debes a otros.
  14. Uno de mis amigos de juventud afirmó en mi presencia (entonces preferí creer que no pasaba de ser broma) que nadie merecía vivir después de los cuarenta. Cuando llegó a esa edad, estábamos separados y yo no recordé lo que después de todo había que considerar una promesa. Él demoró diez años más en cumplir el anuncio. ¿Qué lo detuvo tanto tiempo, pero no fue capaz de postergar indefinidamente la condena de sí mismo que había dictado?
  15. No sé si le hubiera agradecido a quien tratara de educarme para la eventualidad de ser viejo, una situación que en mi juventud me resultaba inconcebible. Aquellos que pudieron ser mis maestros, parecían haber entablado un complot para decir lo menos posible sobre su experiencia, no fuera que las nuevas generaciones perdiéramos las pocas ilusiones que nos permitían continuar vivos.
  16. ¡Ah, la frágil flor de la juventud! Tiene que desaparecer muy pronto, es la ley de la vida, pero de muy poco depende que se frustre mucho antes (como sucede la mayor parte de las veces) o que fructifique por un rato, justificando el paso de cada uno de nosotros por el mundo.
  17. Un día de estos voy a morir, como todos aquellos que nacieron. Probablemente me suceda  mucho antes que a los jóvenes con quienes hoy comparto el mundo, pero tarde o temprano todos pasaremos por lo mismo. Hay una verdad estadística que no intento desafiar, porque lo inevitable es anunciado para mí por una sensación de alivio, que los jóvenes tardarán toda la vida en aprender.
  18. Hay un día (no diré que afortunado) en el que te dices: definitivamente soy viejo, las únicas novedades que me restan por experimentar, son varias enfermedades, el agotamiento y la muerte. Brusco aterrizaje de quien se creyó sin límites, pero al menos ¿puede haber otra certeza más digna de crédito?
  19. La memoria de la felicidad puede ser tan paralizante como la memoria de la desgracia. Al envejecer, uno debe lidiar con ambas, a diferencia de los jóvenes, que se ahogan en el presente.
  20. Puedes dedicar los últimos años de tu vida a reclamar por una serie de causas perdidas que (lo más probable) no despertarán mayor eco en nadie. Puedes también  iniciar el reparto de los bienes de todo tipo que acumulaste y no te llevarás a ningún lado cuando mueras, pero tal le resulten útiles a alguien más. Tú decides si vas a desaprovechar el poco tiempo que te queda o si desafiarás de nuevo el poder de la Muerte.
  21. Dada mi edad, no me dejan mucho espacio para alimentar la rebeldía. No obstante, me queda el consuelo de no ser de ningún modo el viejito al que todo le da igual, ese personaje imaginado por los jóvenes, para no caer en pánico ante la idea de su propia mortalidad.

    Anciana

  22. Cuando estás lejos de la vejez, como le sucede a los jóvenes, tiendes a confundirla con la muerte. Cuando te encuentras tan cerca como estoy yo, aprecias que el parentesco diste de ser identidad.
  23. Antes de morir, mis deseos de estar vivo pueden haberse agotado: quizás otros lo adviertan, mientras yo siga en este mundo sin darme cuenta de lo que pasa. No se molesten en hacérmelo entender, porque lo más probable es que no me sea de ninguna utilidad. Si me estiman, solo miren para otro lado.

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