Discriminación y otras ideas que no suelen discutirse

Señalética en Sudáfrica

  1. A los jóvenes se les cierran las puertas en los lugares de trabajo, porque no tienen suficiente experiencia. A los viejos se les cierran las puertas, porque ya gozaron su oportunidad y ahora, que la perdieron, deben dejar espacio a las nuevas generaciones. A las mujeres se les cierran puertas para que no interfieran en el tradicional dominio que ejercen los hombres. A las minorías raciales se les cierran puertas para que no ensucien el patrón genético de las mayorías. A las minorías sexuales se les cierran muchas puertas, para que no corrompan a los inocentes con su comportamiento indeseable. Casi no importa la parcela del mundo que uno señale, para encontrar situaciones que pretenden justificar la existencia de porteros y guardianes cuya única misión es cerrar las puertas.
  2. Se reciclan botellas y latas usadas, envases plásticos y cartones, pero no se aprecia tanto a los seres humanos. Al envejecer, nos convertimos en bastante menos que chatarra que estorba, solo útil para ser desechada.
  3. Se desconfía de los jóvenes porque todavía no han demostrado que puede confiarse en ellos, sin recibir a cambio más de una crítica destemplada. Se desconfía de los viejos, porque conocen por haberlo sufrido, la vulneración de sus derechos y a veces cuesta engañarlos más que a los otros postulantes. La discriminación siempre tiene razones atendibles para justificars sus decisiones, que por buena educación no suelen confesarse.
  4. Los extranjeros molestan a los nativos, les quitan oportunidades de progresar. Pero también los nativos carentes de medios molestan a los descendientes de extranjeros, que prosperaron en un país que pronto llegaron a considerar como suyo, aunque solo fuera porque nadie se los disputaba. Visto en mayor detalle, no todos los extranjeros molestan: porque algunos se corresponden con el ideal forjado por quienes se encuentran hoy en el poder, mientras otros se apartan de ese ideal, por lo que con toda justicia son discriminados. En cuanto a las mujeres de cualquiera de estas clases y subclases, algunos son atractivas y otras… ¿No está todo más que claro?
  5. Más de una vez he tenido que pedir perdón por existir. Cuando no lo hice, pude ver el asco en la mirada de aquellos a quienes muy a mi pesar ofendía. Si mi sentido del deber hubiera sido más intenso de lo que es, yo mismo habría eliminado el estorbo que constituí para el buen funcionamiento del sistema. Por desgracia, la indignación me mueve a exigir que se me oiga y cuestionar a quienes me discriminan. Cuando deje de resistirme, estaré muerto.
  6. Hay discriminaciones que no tocan. Yo no soy la víctima, ni soy el victimario. Más aún, al verlos en acción, ni el dolor de unos, ni la crueldad de otros me afectan. Algo debe estar pasándome, comienzo a sospechar. Uno toma partido incluso cuando no hace nada.
  7. Hay quienes prosperan en un ambiente que no existiría si no fuera por la tradicional vigencia de la discriminación. Ellos no la inventaron. Ellos no la sostienen activamente. Solo se dejan llevar por la corriente y no entienden cómo, llegado el caso, comienzan a señalarlos como responsables de injusticias que en el fondo del alma (allí donde no se confiesa, pero créase o no, duele) la discriminación les repugna.
  8. Funcionarios subalternos son los encargados de discriminar en nombre de principios superiores, que ellos no elaboraron, ni entienden, ni están en condiciones de discutir. ¡Bienaventurados los que cumplen órdenes para no quedar excluidos, porque se hacen odiar como ejecutores visibles de un sistema que no los beneficia!
  9. Abrir las puertas a los que quedan excluidos, puede costar el mismo esfuerzo que cerrarlas, pero indudablemente requiere una convicción mayor, porque no faltan los bienintencionados que aconsejan impedir el paso de cualquiera capaz de alterar la relativa paz que se disfruta en el encierro, mientras se les impide el paso.
  10. Una vez que comenzamos a discriminar a alguien, nos sentimos investidos de un poder superior a cualquiera de nosotros, que reclama una obediencia no condicionada de aquel o aquellos a quienes discriminamos; poder que automáticamente justifica la totalidad de nuestros actos y nos despoja de toda responsabilidad sobre aquello que cada uno de nosotros emprendió.
  11. ¡Santo Dios! ¿Por qué me miran con esa cara? ¿Soy el único en hacerlo? ¿Me dejan otras alternativas? Si estuvieran en mi lugar, lo comprenderían, pero ustedes afortunadamente no lo están y yo no permitiré que me desalojen de mis privilegios.
  12. ¿A quién no le molesta ser discriminado? En cambio, ¡qué placentero es verse obligado a discriminar no importa a quién, por razones ajenas, que no tardan en volverse dignas de respeto, inobjetables!
  13. Uno puede defender la pureza de la raza o el territorio que no se sabe muy bien por qué se encuentra reservado para los miembros de su propia familia. La causa defendida es lo de menos, con tal de justificar lo injustificable, como si se tratara de una fatalidad, la voz de la Naturaleza o los dioses, que a los pobres mortales resulta imposible de desafiar.
  14. Desde el momento en que las puertas se abren o cierran sin demasiado esfuerzo, cuando cualquiera las enfrenta y consigue moverlas, uno se cuestiona la necesidad de porteros y guardianes que se encargan de disminuir el flujo de usuarios y demostrar que sin ellos un desorden mortal se impondría por doquier.
  15. Si el humor no existiera, ¡qué horrible sería la vida cotidiana! Mal estamos cuando no es posible ironizar, porque se lo interpreta directamente como la más inaceptable de las protestas contra el sistema!

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