Monólogos de Job

Marc Chagall: Plegaria de Job

  1. Señor, has colmado mi copa de amargura. Sé que a pesar de mis reclamos no me dirás qué debo hacer a continuación. ¿Beberla, desecharla, esperar que te encargues de cambiar su contenido? ¿Por qué pregunto, como si fueras a responder, en este momento en el que tu distancia inocultable se me impone?
  2. Cuando fui feliz, no intenté dialogar contigo y tu silencio confirmó que en mi mundo todo se encontraba bajo control. Te recordé apenas comenzaron a sucederse las desgracias, y entonces tu silencio pasó a convertirse en una retaliación, por haberte dejado de lado antes, cuando tal vez la frustración del diálogo no pasar de ser una demostración de Tu invariable sordera.
  3. Dios continúa siendo el interlocutor del que sufre, cuanto más dolorosa resulta una falta de respuesta.
  4. ¡En medio de mi dolor, Dios se encuentra tan lejos! Si su bondad fuera infinita como pretenden algunos, la indefensión de su criatura debería conmoverlo, pero las evidencias demuestran que no existo para Él, que me ha olvidado o puesto a prueba. Cuando me recuerde o vuelva a concederme su mirada, encontrará (no creo que para su sorpresa) que yo he decidido prescindir de Él.
  5. Pude reconocerme en personajes más felices que el dolido Job, puesto a prueba por una apuesta convenida entre el Diablo y Dios. Pude hallar en otros personajes esperanzas más fáciles de aceptar para el resto de mi vida. En estos casos, uno rara vez elige nada.
  6. ¡Ay, yo soy aquel a quien hoy duele una pérdida irreparable, no el que celebraba encontrarse en este mundo para colmar su copa de placeres! Ambos puedo ser, no al mismo tiempo.
  7. Me has tomado en cuenta, Señor, aunque solo sea para destruir a quienes amo, sumirme en la miseria y cubrirme de pústulas. ¿Puedo pedirte algo? Solo olvídate de mí por un tiempo y yo haré lo mismo por Ti. Luego veremos si es necesario que volvamos a reparar el uno en el otro.
  8. Hablo sin hallar una respuesta que ponga fin a este monólogo. Mis dolores no encuentran bálsamo en tu palabra, Señor. Me has abandonado a mi suerte y debo resignarme a tu silencio, que puede ser el mío.
  9. Todavía soy yo. Cuando sufro soy yo más que nunca. La felicidad me hace olvidar mis límites. En el dolor me recupero, sin hallar consuelo de lo poco que siempre he sido.
  10. Otros fueron los tiempos en que mi alegría se expresaba en la confianza de ser el dueño y constructor de mi destino. Hoy mi mayor esperanza es ver el fin del duelo.

    Gustave Doré: Job y sus amigos

  11. Si me concediste el dolor, permite Señor que por un tiempo yo te dé la espalda, para recuperarme de la oscuridad que acabo de descubrir. Yo sé muy bien lo que significa estar solo. Ahora es tu turno.
  12. Soy un ratón de laboratorio, sometido a las pruebas que Dios me ha reservado sin consultarme. ¿Debo sentirme agradecido por la especial atención que me dispensa mientras dura mi tormento? ¿Debían las víctimas del Doctor Mengele agradecerle el rol que les había sido asignado en el hipotético progreso de la ciencia, cuando quedaban en sus manos?
  13. Desde la oscuridad, nada parece más efímero que la luz. Desde la luz, no concibo que en el pasado o el futuro haya oscuridad.
  14. Si algo recibí, me fue quitado. Si algo esperé, las evidencias me informan que nunca llegaré a disfrutarlo. Nada me queda del pasado ni el futuro. Solo aguardo que el presente del duelo desaparezca también, para continuar viviendo.
  15. Soy tu criatura, Señor. Tú me trajiste al mundo sin que yo te lo pidiera. Llegué a un escenario donde a cada rato me pregunto qué debo hacer, cuándo me corresponde librarlo de mi presencia, porque mi personaje no ha sido escrito y sin embargo sospecho que sin importar cuán bien lo hagan, no me esperan aplausos en el final.
  16. Nací para morir, me han dicho. Eso debo aceptarlo. Permíteme al menos dejar en este mundo alguna huella más significativa que mis lamentaciones.
  17. A veces puedo ver mis lamentaciones como una injustificable pérdida de tiempo. Nadie me responderá. Solo hallaré consuelo en el aburrimiento de mi propia voz rebotando en nunca sabré qué.
  18. Dicen que la resignación es el signo de la sabiduría. No quiero alcanzarlo demasiado pronto, ni porque me lo impongan. Antes denunciaré lo que aceptado o no, de todos modos siga siendo injusto.
  19. Soy el que desde hace tanto tiempo sufre. No hay demasiado mérito en ello. Ni lo disfruto como un privilegio, ni lo escondo avergonzado. Cuando llega el dolor, ¿por qué habría de rechazarlo? ¿Acaso me sentiría mejor, si no me creyera capaz de enfrentarlo?
  20. Me criaste para sumirme en el tormento que pone a prueba mi fe y demuestra tu poder. ¿Cómo te atreves a juzgarme?
  21. Soy tu cobayo, Dios. A diferencia de los ratones de laboratorio, me concediste la palabra. No te sorprenda que la use para cuestionar tu existencia.
  22. ¡Oh, Señor, interlocutor imaginario que me sigues como una sombra! ¿Hasta cuándo aceptaré hablarte sin recibir una respuesta?
  23. ¿Acaso esperas que no te desafíe? El dolor inútil que me infieres, me autoriza. La crueldad del castigo que recibí, lo exige. Ahora es todo o nada: desnuda tu encono o cesa el hostigamiento y me comprometo a olvidarte.
  24. Jugaste conmigo, tu criatura miserable, al gato y el ratón, como si se me hubiera olvidado la disparidad de nuestras fuerzas y quisieras obligarme a reconocerlo. No te acuso de nada, porque no me consta que me oigas, pero no hacía falta tal despliegue didáctico.
  25. Dejaste que en este diálogo entre Tú y yo se interpusiera el Diablo. No te lo reprocho. Permite, sin embargo, que yo me retire lo más lejos posible. No soy un interlocutor comparable. Tú y él son contendores formidables, empeñados en lucha que no parece tener fin. No me conviene andar cerca. Solo puedo salir perdiendo.
  26. Esa voz que llega después de que mis tormentos concluyeron y se revela tan segura de tener la última palabra en nuestro diálogo, ¿puede ser la voz del mismo Dios, que antes me ignoraba? Si cuando lo necesité no respondió a mis llamados, ¿por qué debo oírlo? Quizás no pase de ser el eco distorsionado de mi propia voz.
  27. ¿Quiere imponerme tu poder? Lo has conseguido. ¿Buscas que te ame como a un Padre? Esa es otra cosa.
  28. No soy el primero que se pregunta: ¿Quién puede dialogar con Dios después de haber comprobado la existencia de Auschwitz? No es que me queje de Su evidente falta de respuesta, porque no esperaba ninguna. Nos hemos quedado solos. Tal vez siempre lo estuvimos y tendremos que continuar sin Él. No es imposible.
  29. ¡Ah, la miseria inocultable de la vida humana, que vuelve a manifestarse con una contundencia que nos abruma! Nadie responde a los pedidos de auxilio. Hubiéramos debido esperarlo, y sin embargo creíamos que Dios acudiría. Unos a otros nos miramos, desvalidos, sin advertir que en medio de la desgracia nos tenemos unos a otros.

    Leon Bonnat: Santo Job

    Leon Bonnat: Santo Job

  30. Lejos de Dios, aquellos que nos decíamos sus criaturas, nos reagrupamos decididos a organizar nuestras vidas sin Él. No es imposible, comprobamos al cabo de los primeros intentos. Tampoco es fácil decidirse. Nada parece haber cambiado en el universo. Viviremos sin Él, como si Él continuara entre nosotros.
  31. Mi diálogo imposible con Dios ha derivado en  este otro diálogo interno, en el que yo soy quien pregunta y yo soy quien responde, sin derivar en mis fantasmas la responsabilidad de ninguno de esos roles. No estoy menos solo que antes, pero tampoco aguardo ninguna ayuda ni requisitoria de nadie más que yo.
  32. Aquel que es torturado no puede entender cómo puede alguien ser investido de poderes ilimitados, que le permiten jugar con su dolor, como si fuera tema de poca monta. Eso es tal vez lo que más le duele.
  33. Job se queja, porque todavía se encuentra aferrado a la vida, no obstante el maltrato al que Dios y el Diablo lo someten en el curso de una apuesta que los ayuda a sobrellevar la inacabable Eternidad.
  34. Más le hubiera valido a Job ser aliviado por la muerte, que sobrevivir al duelo de lo que perdió por causa de una simple apuesta entre Dios y el Diablo.
  35. La distancia entre Dios y yo es tanta, que cada uno de nosotros parece haberse olvidado de la existencia del otro. Él no entra en mis cálculos y de acuerdo a las evidencias, yo tampoco entro en los suyos. Dado el historial de lo que ha pasado entre nosotros ¿no es la mejor de las relaciones posibles?
  36. En buena hora Dios y yo nos ignoramos. Yo tengo la responsabilidad de mi vida y trato de hacer lo que mejor puedo con eso, mientras Él puede escamotear su responsabilidad sin que lo acusen.
  37. ¿Por qué voy a quejarme ante Dios por las desgracias que el azar me depara? Cuando no te oyen, deduces que el interlocutor se distrajo o le resultas indiferente. Por lo tanto, guardas tus quejas y te dedicas a resolver los problemas.
  38. Distante Dios: casi toda una vida llevo sin Ti. No es una mala relación la nuestra. Quedó suspendida. ¿Por qué modificarla, cuando la hora de mi muerte se acerca?
  39. Busqué consuelo de mis desgracias y a veces las encontré en aquellos que tenía cerca, a veces en mi interior, a veces en el tiempo. ¿Para qué buscar a Dios, que se había demostrado siempre tan lejano?
  40. Dialogar con Dios es como lanzar una pelota contra un muro. La comparación es inadecuada, porque al menos el muro rebota la pelota.
  41. Cuando rezo, no espero ninguna respuesta. Solo hablo conmigo mismo, a la espera de que el sufrimiento se disipe o me destruya.
  42. ¡Ah, el dolor que ocupa a veces todo el horizonte! Pretendo callarme esta vez, porque no articulo nada coherente.
  43. Si continúo quejándome es porque todavía no distingo otras alternativas. Al oírme hablar, descubro que todavía no he sido aniquilado por el dolor. Quisiera ser capaz de articular algo más variado, pero al menos compruebo que no he sido aún reducido al silencio.

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