Silencio y otras decisiones

  1. Hablar es un privilegio al que no estoy dispuesto a renunciar. La oportunidad de callar no me parece menos decisiva. Durante las crisis, nunca sé por adelantado cuál habré de ejercer.

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  2. Uno espera que los demás lo escuchen, con más atención de la que está dispuesto a concederles cuando (por desgracia) le llega el turno de oírlos.
  3. Era un maestro de los silencios elocuentes. Podía ser admirado por su habilidad para callar, pero muy rara vez alguien creía que fuera útil imitarlo.
  4. Frecuentemente cedía la palabra, en la confianza de que sus adversarios habrían de enterrarse solos. Callar era demostrarles que no sentía la menor piedad por ellos.
  5. Hay pocos disfrutes mayores que ver a los enemigos de uno enredándose en su propia lengua. En esos momentos, uno llega a sentir piedad del impulso verbal que no han logrado controlar, pero se cuida de manifestarla, no sea que la humillación ajena quede incompleta.
  6. Donde calla uno, el monólogo se vuelve demasiado incómodo para quien habla, y tarde o temprano pierde el control de un discurso que lo desnuda más allá de lo que deseaba.
  7. Donde callan dos (o más) se vuelve factible establecer un acuerdo poderoso. El silencio compartido revela que toda disputa se posterga o extingue y los que callan se revelan dispuestos a trabajar como uno solo.
  8. Fui tartamudo. Hablar era una tortura, cuando el temor a mostrar mi handicap me dominaba. Callar se convertía en un refugio fácil pero incómodo, porque tarde o temprano tenía que abandonarlo, y entonces descubría que me encontraba más expuesto que los parlanchines, a quienes después de todo nadie les prestaba demasiada atención.
  9. De la tartamudez adquirí el hábito de no ensayar lo que planeaba decir. Si preparaba demasiado mi participación, los tropiezos no tardaban en multiplicarse mientras hablaba, porque antes de decir algo, ya estaba preparándome para superar las dificultades futuras y esa pluralidad de voces bastaba para distraerme de lo debía decir ahora. Cuando improvisaba, en cambio, la tensión que suministraba la construcción actual de cada frase, devolvía gran parte de su fluidez al discurso que surgía por primera vez, desde el silencio interior y me sorprendía al oírlo.
  10. Hablo como escribo, me han dicho más de una vez, y nunca he podido imaginar que fuera un elogio. Hablo viendo el curso de una escritura que nace del silencio y apenas nacida me exige retroceder y corregirla con porque rara vez se corresponde con lo que intentaba expresar, una situación que para el interlocutor no puede ser demasiado placentera.  Si me detengo para pulir el discurso, lo evidente es que no avanzo. Por eso, he pedido disculpas. Trataré de hablar en adelante, como quien habla, siguiendo una dirección previsible desde el comienzo, que no se interrumpe, ni tarda en llegar a su destino.
  11. Callar es una decisión muy personal, que los demás no tardan en censurar, cuando la perciben, lo opuesto a una locuacidad intrascendente que uno debiera aceptar sin grandes reparos, porque asegura el descuido que prevalece en el diálogo social. ¿Qué oculta con tanto cuidado el silencioso? ¿Por qué se reserva sus pensamientos, que bajo circunstancias normales a nadie le importarían demasiado? ¿Qué amenaza efectiva deja pendiente esa omisión expresiva?
  12. Cuando tenía veinte años, la urgencia de expresarme era tal, que no me preocupaba de investigar primero si tenía algo que valiera la pena decir. Yo debía demostrar de algún modo que existía (demostrármelo a mí también). Medio siglo más tarde, puedo mantenerme en silencio sin demasiado esfuerzo. Yo soy también la decisión de agregar más ruido al universo.
  13. De mi madre aprendí a callar. No porque no tuviera nada que decir, sino porque no existía quien estuviera dispuesta a oírla. Tardé años en reconocer en esa comunicación omitida el germen de la escritura.
  14. De mi padre aprendí a callar, no porque él lo hiciera. Con frecuencia, mi padre no tenía nada que decir y a pesar de ellos cubría el silencio con imitaciones desesperadas de otras voces que no eran la suya, para evitar que el vacío lo succionara del mundo trivial donde quería permanecer a toda costa, para depositarlo en otro (inimaginable) donde su discurso tuviera algún sentido.
  15. Hace un tiempo encontré por primera vez a una persona a quien, profesionalmente, hubiera debido oír, porque esperaba mi asesoramiento profesional. Eso hice durante casi tres horas, sin interrupciones de ningún tipo, hasta que me pareció verla drenada de sus fantasmas, incapaz de engañarme o seducirme con sus palabras, complacida y a la vez irritada por ese silencio que la desubicaba y no le permitía captar mis intenciones. Entonces le dije que no podíamos colaborar. Ella esperaba que yo me pusiera a su servicio (de otro modo, hubiera interrumpido a los pocos segundos su monólogo autorreferente, para solicitarme una respuesta que justificara mi presencia) y después de una experiencia agotadora como esa, yo no estaba dispuesto a callar más tiempo.
  16. Uno aprende con esfuezo a callar después de haber disfrutado la ilusión de ser oído. ¡Son tan escasas las oportunidades de entablar un diálogo verdadero, no el simulacro de un contacto parecido al del entrenamiento de un boxeador con su sombra!
  17. Callarme por ahora, dejar pasar la oportunidad de responder como siempre y evitar que todo parezca normal, indigno de ser cuestionado.
  18. Satisfacción de suprimir el mayor número de palabras, con tal de decir lo mismo o quizás más de lo que decía antes. ¡Hay tanto ruido que puede ser obviado sin demasiado esfuerzo, en espera de lo que efectivamente haya que decir, con la menor interferencia posible!
  19. Calla porque se encuentra en minoría, calla porque es demasiado grande su desacuerdo, calla porque teme meter la pata, calla porque no se atreve a expresarse todavía, calla finalmente porque no tiene nada que decir (aunque en ese caso, lo más seguro es que hable hasta por los codos).
  20. Cuando se advierte que alguien calla sistemáticamente en el transcurso de una reunión, cuando no concede las frases triviales que casi todo el mundo espera de la vida en sociedad, una convicción molesta se instala en los evaluadores: ese que calla los observa y probablemente los critica sin decirlo, los desprecia, los condena sin concederles la oportunidad de defenderse. Hay que considerarlo un enemigo y hostigarlo… hasta que hable.
  21. El adelgazamiento de las palabras en los textos de Samuel Beckett me impresionaba como el inútil coqueteo de alguien que a pesar de las promesas, no puede ni desea callarse. Al envejecer, la oportunidad de callar adquiere, en cambio, el significado de un acto tan complejo y personal como expresarse.
  22. Fiestas del silencio: leo que en Europa se celebran reuniones donde la regla fundamental es no hablar durante su desarrollo. ¿Serán efectivamente fiestas, cuando se anuncian como temibles ordalías?
  23. Pocas cosas más reconfortantes que el rumor de los diálogos generalizados, tras una etapa de silencio impuesto por la autoridad. Si todos hablan y ninguna voz se impone sobre el resto, si ninguna decisión emerge del coro amorfo, hay motivos para alarmarse. ¿Qué está pasando?
  24. ¿A quién le agrada hablar sin lo escuchen? Sin embargo, no son pocos los que se desviven por ejercer ese privilegio, que apenas comprobado no tardará en condenarlos al aislamiento.
  25. No logra que le respondan cuando reclama de sus interlocutores una respuesta, y el silencio que se imponer en torno, se convierte en una acusación irrefutable: no lo quieren entre ellos, sin duda está de más y diga lo que diga, no servirá de mucho.
  26. Aceptar que uno debe callarse, porque nadie le está prestando atención, cuesta más que hablar a sabiendas de que el esfuerzo resulta inútil, porque en ese caso uno se cobija en la imagen del héroe que enfrenta circunstancias adversas y no se detiene ante la perdición que se acerca.Intenta callar a todos los que lo rodean, no porque intente facilitar los pensamientos del grupo, sino con el objeto de que lo oigan, aunque todavía no tenga nada que decir, solo para recordarles a ellos y verificar para sí que está presente.
  27. No sin esfuerzo, ha logrado imponer el silencio generalizado a quienes lo rodean. Ahora le resulta imposible disimular que no tiene tanto que decir. Cuando ellos lo dejan hablar sin cortapisas, le permiten dejar en evidencia que está de más en ese sitio que solo nominalmente controla.
  28. Uno debe cuidarse del silencio. Es adictivo. Escapar de su territorio, después de habérselo concedido, se vuelve cada vez más difícil. Da la impresión de que ya no hubiera en este mundo nada realmente digno de quebrarlo.
  29. Hace uso y abuso de la palabra, por lo que ha conseguido el milagro de que antes de averiguar si tiene o no algo que decir, nadie le preste la menor atención.
  30. Los asesores tardaron en convencer al político narcisista que después de haber alcanzado el Poder debía callarse, para que sus electores no se desengañaran demasiado pronto.
  31. El silencio le otorgaba al mandatario una dignidad y coherencia que justificaba la investidura, pero bastaba que abriera la boca para que disipara todo lo que había conseguido el silencio.

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