Imbéciles como nosotros

  1. Francisco de Goya: Manteo del Pelele

    Se autodenigrarse como defensa que simula mostrar el costado más débil de mi persona,  para blindarlo ante los amagos de cualquier ataque externo. Puede ser que se ría de si mismo, pero es para que nadie más lo intente.

  2. Si es quien se agrede con tal decisión y delante de testigos, todos los que pudieran sentir la tentación de hacerlo llegarán demasiado tarde para intentarlo y será mejor para ellos que se callen, conmovidos o hastiados por su evidente crueldad.
  3. Cuando cometen estupideces, se mueven con la serenidad y hasta el orgullo de aquellos que se saben representantes de la mayoría. Ir en contra de la imbecilidad, en cambio, suele confundirse con el abuso intolerable de una minoría.
  4. ¿Por qué nos importa tan poco saber que somos imbéciles y tanto que apenas lo parecemos? Porque la opinión ajena nos define. Cuando los demás se dan cuenta, estamos perdidos.
  5. ¿Por qué nos humilla tanto el espectáculo de la imbecilidad ajena? Porque nos recuerda la nuestra, aunque se trate de una hipótesis que nos apresuramos a negar apenas se insinúa.
  6. Stultorum numerus infinitum est. El número de imbéciles era infinito, decían ya en la Antigüedad. A pesar de un juicio tan abrumador, es evidente que desde entonces, gracias a los progresos de la Medicina y las mejoras generales de las condiciones de vida, la cantidad se ha incrementado.
  7. Imbéciles como nosotros malviven dándole respiración artificial a ínfimos duelos que se hubieran agotado por sí mismos, si de algún modo perverso no nos hubiéramos vuelto adictos al dolor y no fuéramos capaces de vivir sin una ración diaria de sufrimiento. Decididos a no gozar lo que tenemos la posibilidad de sufrir se ha convertido en una constatación de que estamos vivos.
  8. Imbéciles como nosotros viven pendientes del futuro que no están en condiciones de avisorar, ni menos aún detener o mejorar, un futuro que no ha llegado a ser y tal vez no se dé nunca, como la forma ideal de envenenar cualquier manera de encarar el presente.
  9. Mírate en el espejo y verás probablemente no tus límites, sino las alternativas de lo que puede hacerse con los recursos limitados que dispone. No es la misma óptica que sueles aplicar al resto del mundo. Exigirte más, suena desatinado.
  10. Si algo me indigna es el empecinamiento de aquellos que desaprovechan la poca o mucha inteligencia que recibieron, como si eso fuera nada y no el fruto de un azar portentoso, delante del cual uno debería inclinarse con  respeto.
  11. A veces nos descontrolamos, para descubrir que estamos diciendo o haciendo tonterías que no habíamos previsto y en la que no hubiéramos deseado incurrir, exhibiendo reacciones que nos avergüenzan y bajo circunstancias normales mantenemos bajo control. Son evidencias humillantes de lo que sin duda somos y nos dedicamos ignorar, como esas fotografías instantáneas que alguien nos ha tomado sin la menor intención de complacernos y en las que tardamos en reconocernos, para indignarnos a continuación, por la crueldad de quienes decidieron registrarlas.

    Albert Einstein

  12. Denigrarme discretamente en presencia de testigos que no tengan suficiente estómago para tolerar el espectáculo, es un placer parecido al autoelogio, con la ventaja de que son los demás quienes se sienten obligados a consolarme y alimentar mi autoestima, aunque solo sea por la voluntad de contradecirme.
  13. Percibo de inmediato mi confiada estupidez, por lo tanto debe haber algo parecido a una chispa de inteligencia en mí, que reconozco, aunque todavía no atine a utilizarla para impedir las metidas de pata.
  14. ¡Imbéciles del mundo, uníos! Bastará que demuestren la capacidad de coordinar sus esfuerzos, no importa en qué dirección, para que dejen de ser considerados prisioneros de su indeseable situación. Si el número imbéciles aumenta al reunirse, de todos modos reescribirán los diccionarios para otorgarle nueva definición menos ofensiva al término o dictarán leyes que prohiban utilizarlo.
  15. Tu estupidez no perjudica a nadie, pero llega a ser adictiva. No me canso de observarla espantado y a la vez satisfecho, porque se manifiesta incluso allí donde cualquiera en su sana juicio apostaría que habrá de prevalecer el sentido común. Poco importa lo previsibles que resulten tus reacciones o la brevedad del repertorio de tonterías.
  16. Cuando evalúo tus límites y reconozco mi superioridad, experimento una satisfacción que no debo darte a entender, porque podrías tenerme bajo tu control, como el actor seduce al público.
  17. Me gustaría pensar que no hay límites para dar lo mejor que uno tiene, sin otro tipo de consideraciones que el bien causado por mi dádiva, pero en el momento de escribirlo suena como si fuera un plan impracticable. ¿Dar a cualquiera? ¿Darlo no importa cuándo, ni cómo? ¿Dar qué? Cada pregunta refleja una parte de mi mezquindad o inteligencia (no importa cuál de las dos) que no esperaba dejar en evidencia.
  18. Al cabo de un tiempo, dejas de mirarte en el espejo. Mejor dicho, solo te ves por partes, aquello que resulta inevitable ver en determinado momento, cuando tienes que lavarte los dientes o peinarte o vigilar el crecimiento de una mancha incómoda que apareció en tu piel. Evitas un examen detenido de ti mismo como sistema. Prefieres no recordar demasiado lo que has llegado a ser, para no anular la memoria de lo que alguna vez fuiste.
  19. Hay un placer propio de los imbéciles que consiste en negar oportunidades a todos quienes ellos (¡sabe Dios con qué criterios!) han dictaminado que no pueden tener tantas limitaciones como sus evaluadores. Puesto que al mirarse en el espejo advierten que nunca progresarán demasiado en sus proyectos de vida, puesto que solo consiguen ver el futuro como una serie incontenible de fracasos, han decidido que mientras ellos existan, nadie estará en condiciones de superarlos. Frustrando a todos, será como si hubieran triunfado.
  20. ¿Acaso es factible decirle a un amigo que deje de lado sus limitaciones y se eleve por encima de la mezquindad que en él es habitual? ¿Qué amigo aceptaría que lo insulten, con la promesa de un elogio futuro, que está convencido de no merecer?
  21. Cuando los demás dejan en evidencia mis limitaciones, lo último que hago es agradecer el favor a quien me lo está informando, muchas veces sin palabras, pero de manera tal que puedo evitar enterarme. Cuando me tratan como a un imbécil que no tiene remedio, en cambio, lo considero casi un trato civilizado. Algo falla en mi sistema de valores… y probablemente soy yo.
  22. Cuando era joven, las frecuentes evidencias de mi estupidez me humillaban más que ninguna otra cosa en el mundo. ¿Cómo podía ser que yo fuera bajado con tal descortesía del pedestal en el que me había encaramado sin mayor oposición (entre otros motivos, porque nadie creía necesario competir conmigo, ni tampoco evitarme los malos pasos) para obligarme a reconocer que no lo merecía? Con el tiempo, he ganado en moretones, producto de las repetidas caídas. Ahora casi celebro ser capaz de caer tantas veces, en lugar de persistir en la inocencia.
  23. ¡No cuestiones nada! ¡Sométete a la decisión de la mayoría! Solo déjate llevar por el rebaño y tendrás tu premio. Si la promesa de una recompensa queda incumplida, no te quejes, porque te mostrarás como el imbécil que fuiste al seguir mi consejo.
  24. ¡No me pongas por delante esa imagen intolerable de mis límites! Quiero conservar intacto ese deseo inicial de ser imbécil, a pesar de los destellos de inteligencia que ahogo, cuando trata de mantenerme a flote.

    Nathalie Sarraute

  25. Estoy de acuerdo con Nathalie Sarraute: una de las cosas que más duele es el acuerdo que establecen sin el menor esfuerzo de su parte, los imbéciles entre ellos. Tal felicidad le está negada a quienes tratan de aprovechar su limitada inteligencia en medio de las ruidosas consignas que invitan a abandonarla.
  26. Moisés realizó más de una hazaña digna de admiración. Su huella perdura a pesar del tiempo. Sin  embargo, le fue negada la ínfima satisfacción de poner un pie en la Tierra Prometida.
  27. Imbéciles como nosotros, siempre se convocan y acercan, para evitar la soledad que termina abriendo la mente de cualquiera que no tenga compañía. Imbéciles como nosotros se consuelan unos a otros de los contratiempos que podrían utilizar como experiencia; se confirman en su estupidez contagiosa, cuando podrían salir adelante por su inteligencia; llegan a establecer normas que imponen al resto menos imbécil pero desorganizado. No es bueno que nosotros nos reunamos.
  28. ¿Sabes? No soy eterno, ni disfruto de los superpoderes que caracterizan a los personajes de comics y cuentos de hadas. Por lo tanto, permíteme aprovechar el escaso tiempo que me resta en el mundo, para ser menos imbécil de lo que solía ser en el pasado y encarar la vida como un don precioso que no voy a despreciar.
  29. Imbéciles como tú y yo ciframos nuestro mayor orgullo en detectar la injusticia y exponerla, en la esperanza de liquidarla, aunque lo más probable es que terminemos con la cola entre las patas y prometiéndonos ser más sensatos la próxima vez.
  30. Imbéciles como tú y yo no nos cansamos de convocar a la gente para que reaccione contra el mundo inaceptable que otros aplauden por temor o sincera convicción. Bastaría que ellos hicieran sentir que están despiertos, para que las cosas comenzaran a cambiar.
  31. Imbéciles como nosotros se reúnen confiando que al ser parecerse tanto, se defenderán mejor de los depredadores que los aguardan, cuando lo más probable es que cada uno entorpezca al otro, y al cabo de un tiempo todo sean víctimas de su propia incapacidad.
  32. ¿Hay mayor placer para nosotros que desafiar a un adversario demasiado poderoso, en la confianza de estar defendiendo la verdad? Que nos miren con lástima y vean la inminencia de nuestra derrota, solo nos confirma que no existe otro camino para nosotros.

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