Ataraxia o de la indiferencia ante los contratiempos

Fakir

  1. ¿Debo aceptar la realidad que puede serme adversa, al punto de volverse incontrolable, jurando sin embargo que no existen contrariedades? Más de una vez y con tal frecuencia, que la pregunta parece estar de más. Si no lo hago pronto y exhibiendo una sonrisa, no tardaré en verme clamando en el desierto.
  2. Cuando se quita del medio el rechazo de la realidad adversa, uno queda marcado por el aura de un rencor que se resiste a desaparecer. ¿Por qué tuvo uno que acomodarse a algo que sin duda le disgustaba, que le causaba daño, cuando era más fácil resistirse, no pensando en las consecuencias? ¿Por qué forzarse a la resignación, cuando era posible suprimir esa molestia? En las alturas de la indiferencia, no pueden haber desaparecido todas las cosas que hacen que uno disfrute la vida.
  3. Para dejar a todos satisfechos, respecto de mi carencia de proyectos personales, ¿tendría que abjurar de cada uno de los puntos de vista que hasta no hace mucho defendí o bastaría con suspender la expresión de que soy un ser pensante y sensible? No me pidan más de lo necesario, porque me obligarán a mentir descaradamente. Eso no cuesta nada, pero anuncia que tarde o temprano me cobraré las humillaciones que ahora acepto.
  4. Llegar a la indiferencia no es una tarea de todo imposible, a pesar del esfuerzo que requiere a quien lo intenta. Una vez instalados en la deseada indiferencia, nos preguntamos si acaso valía pena dedicarse a negar la realidad con tal empeño, cuando uno todavía no se ha muerto (y le quedan oportunidades de revertir la situación).
  5. Si el placer no fuera tan escaso y tan breve, ¿qué valor tendría? ¿Por qué lo buscamos con tan insistencia, poniendo incluso en riesgo la vida?
  6. No hay nada más fácil que la indiferencia, cuando uno se siente satisfecho. Por eso no resultan demasiado confiables aquellos que se desprenden del mundo sin el menor esfuerzo.
  7. Renuncio a modificar la realidad como última opción de mi rechazo. Antes me doy repetidamente de cabeza contra los muros que veo como los obstáculos que enfrento, en la esperanza de derribarlos parcial o totalmente, aunque sangre en el proceso, porque la indiferencia que hoy exhibo no pasa de ser una etapa de recuperación de fuerzas, mientras me preparo para regresar al desequilibrio sin el cual no valdría la pena haber nacido.
  8. Uno se plantea mil veces ponerse en control de su vida, con la misma probabilidad de obtener el éxito, que cuando se plantea perder el control y ser tan feliz como pueda, porque siempre hay algo que se opone a la voluntad, y es la más que limitada capacidad para evaluar las circunstancias de la realidad.
  9. “Puedo controlar mi vida” es una decisión equivalente a “Puedo resignarme al descontrol que las circunstancias de todo tipo me imponen”. Solo abandonando cualquier proyecto personal puedo considerarme a salvo de desengaños.
  10. “En realidad, no me encuentro en absoluto control de mi vida” tengo que decirme. Solo transito por ella con el mayor cuidado que me es posible, confiando que no habré de distraerme, porque los encuentros desagradables que pueden causarme tanto daño son la ley, de ningún modo la excepción.
  11. Esperar demasiado de la gente, no es una actitud que ellos agradezcan habitualmente, porque lo más probable es que mis expectativas establezcan un nivel demasiado alto para la mayoría, al que casi nadie se encuentra en condiciones de acceder.
  12. Cuando entro en conflicto con las circunstancias inmanejables que incluye a cada rato mi vida, me digo con toda la sinceridad de la que soy capaz en esos momentos: ¿acaso me importa? Después de un largo examen, la respuesta suele ser no menos simple: en realidad nada suele importarme tanto como suponía cuando se presenta como un dolor inaceptable.
  13. Solo es cosa de darme el tiempo que necesito para evaluar y recuperar una objetividad que perdí en apenas un segundo y es lo único que habrá de importar siempre.
  14. El dolor moral que a veces me ahoga, puede aislarse en un rincón de la conciencia, hasta volverlo distante, como si se dejara de experimentarlo, cuando se adquiere cierta práctica. Solo es cosa de volar mientras tanto con piloto automático: perdí, fracasé, me sentí humillado y no obstante sigo con vida, no para recordar esas derrotas, sino para demostrarme que puedo continuar a pesar de todo.
  15. Establecer prioridades emocionales no es una tarea que convenga dejar para el futuro: algo me importa hoy más que esto otro. Quizás no sea lo mismo que importaba ayer. Con toda probabilidad, tampoco será lo mismo que me importará mañana. Cada minuto exige definir qué vale para mí, qué vale menos y sobre todo, qué no vale nada, a pesar de las primeras impresiones.
  16. No me dejaré ahogar por la marea de la humillación que hoy me inunda, porque sé que al retirarse continuaré dedicándome a lo que realmente me importa. Lo pasado y sufrido, no hace falta olvidarlo. Solo queda limitado al territorio minúsculo de mi vida que le corresponde.
  17. Cuando era niño, cerraba los ojos cuando me sentía amenazado. Si algo terrible estaba por pasarme, no me daría por enterado hasta que fuera tarde para intentar escapar, y entonces sufriría lo que debiera sufrir, no más que eso.
  18. Contra la fealdad del mundo tengo un último recurso, que hubiera debido ocurrírseme mucho antes: no pensarla, dejar de verla, encapsularla con tal cuidado que.
  19. El desafío de una vida equilibrada es diluir la intensidad de los sentimientos, que son reales, contradictorios y dolorosos, que inundan el cerebro más oculto que los registra en un segundo y prometen ahogar a quien se cruce en el camino, para volverlos tolerables (y en el fondo) desechables, de poca monta.
  20. ¿Por qué debo sufrir con resignación, aquello que en buena fe considero inaceptable? No se trata de averiguar de manera empírica cuántas ofensas puedo tolerar sin convertirme en cómplice de mis opresores. La suprema indiferencia rinde sus beneficios inmediatos a quienes me agraden, y solo permite que ellos prolonguen sin demasiado esfuerzo mi dolor. No, eso no se justifica.
  21. ¿Suprimiré las respuestas que nacen espontáneamente cuando me agraden, confiando alcanzar mediante el sacrificio una sabiduría sospechosa, que solo parece iluminar a quienes se entregan sin luchar?

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