Mar de los Sargazos

Dragón del Mar camuflado como alga

El mar de los Sargazos es una región del océano Atlántico septentrional que se extiende entre los meridianos 70º y 40º O y los paralelos 25º a 35º N, y que en los siglos XVII al XVIII tuvo la tétrica fama de ser lugar de cementerio de buques de navegación a vela. Abarca parte del sector llamado Triángulo de las Bermudas. (Wikipedia)

  1. Damos vueltas y vueltas. Nos movemos todo el tiempo, sin avanzar ni retroceder. Si queda alguna esperanza para nosotros, es que la muerte nos recate de una eternidad previsible.
  2. Mira las cartas náuticas. Hay un lugar distante de la tierra firme, vagamente situado en los mapas, donde cualquier navío que se aventure en él termina detenido. Las algas los sujetan como firmes cabos al muelle, pero no haya un puerto a la vista, ni sea posible desembarcar. Este no es un sitio adonde lleguen los viajeros, sino el final de todos los derroteros.
  3. En este cementerio de navíos y marinos, el oleaje se aquieta, los vientos desaparecen. Mala señal. Nadie escapará de esta paz ilimitada. No intentes huir, porque terminarás la jornada sin fuerzas y todavía en el mismo lugar.
  4. Aquí no puedes ir en ninguna dirección sobre la superficie, porque tu vecindad lo impide. Tampoco te queda el consuelo de  hundirte de una vez por todas. El infierno debe ser así, un  presente inaceptable, sin futuro ni olvido.
  5. Es el territorio de las algas y en mala hora lo invadimos. Ellas nos dejaron entrar, porque no consideraban que existiéramos, pero una vez dentro, sin proponérselo tampoco, no permitirán que nos escapemos.
  6. En este lugar, todo se corrompe lentamente. Es una Ley de la Naturaleza, imposible de desafiar para los seres humanos, que en mala hora cayeron en una trampa que otros más precavidos eluden. Para escapar al destino anunciado, solo había que no acercarse demasiado, o conseguir que lo rechacen, al  anunciar que uno tiene principios que no transa.
  7. Aquí nada promete cambiar nunca. Mientras tanto, nos miramos unos a otros como si estuviéramos condenados a algo peor que la muerte: la espera (sin esperanza) de que esto concluya con el fin (definitivo), para que no haya la menor posibilidad de reiniciar el tormento.
  8. Fuimos convocados para la representación de este final que ni siquiera tiene la grandeza de la tragedia. Fuimos reunidos para pudrirnos poco a poco, estrangulados por las algas que no tienen la menor idea de nuestra presencia, pero continuarán alimentándose de nuestros restos, mucho después de que nosotros desaparezcamos.

    Mar de los Sargazos

  9. Las voces de los condenados llegan a veces, inútiles y sobre todo repetidas hasta el bostezo. Nadie escapa de este basurero y sin embargo, nadie consigue morir del todo. Hay pantanos en tierra firme que devoran sin arrepentimiento a sus víctimas. El mar de los sargazos los conserva, para que su dolor se extienda en un tiempo que amenaza con no tener límites.
  10. Aquí, en el medio del océano, terminan los viajes que no llevan a ninguna parte. Miras alrededor y compruebas que no son pocos los extraviados. Nunca esperaste verte en esta compañía. Lo más probable es que nadie mire más allá de su propia desgracia, pero aquí estás y (lo más curioso) no se trata del fin todavía.
  11. Aquí vienen a detenerse para siempre los barcos que iban con otro rumbo. No es un naufragio, porque ninguna playa se divisa, ningún acantilado que detenga la deriva., solo este mar de algas donde no es posible moverse ni hundirse.
  12. Hemos llegado a morir. No conviene hacer demasiadas ceremonias, porque aquí estamos varios en la misma situación, pero este ese es el tema que nos convoca: la mortalidad de todos aquellos que alguna vez gozamos la oportunidad de estar vivos. No le daremos tanta solemnidad al trámite: si uno vive, también muere. ¿Por qué no aquí? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no tú y yo?
  13. Hubiera sido muy bueno llegar a alguna parte, considerar que el viaje se había completado y uno quedaba en condiciones de retirarse a vivir (o morir) en tierra firme. Hubiera sido mejor aún evitar este pudridero que no aparece marcado en los mapas, porque se halla a merced de las corrientes marinas. Pero lo mejor de todo, si hemos de creerle a Goethe, hubiera sido no haber nacido.
  14. Un día botarás la toalla, te has dicho más de una vez. Los boxeadores se dan por vencidos en algún momento. Reconocen la derrota y a través de un gesto que no requiere de palabras elocuentes, se apartan de la competencia. Hasta aquí llegaron. No hay en eso mucha dignidad, ni tampoco grandeza, sino el reconocimiento de que la lucha que tanto esfuerzo costaba, terminó provisoriamente o para siempre. Ese día improbable puede ser ahora.

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  15. Recuperar el movimiento. Recuperar el movimiento. Recuperar el movimiento. Recuperar el movimiento. Repetir esta orden hasta que parezca innecesaria. De la convicción de lo inevitable nace la acción como nace la muerte.
  16. Volver al origen. Incluso volver al origen. ¿Qué recurso dejarás de utilizar con tal de que escapes del encierro?
  17. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! Parte no menor de tu detención es la renuncia a no intentar el cambio.
  18. Si se descuida, cada hombre cava su tumba y edifica un memorial dedicado a eternizarlo, cuando hay tantas otras tareas que invitan a la vida.
  19. Si tiene que ocurrir, como ya lo sabes y carece de sentido ponerse a pensar mucho rato en ello, muere intentando continuar vivo.
  20. Puesto que habrá de ocurrir, al menos muere cantando.
  21. Death be no proud. John Donne convierte a la muerte en interlocutora su poema, pero no hace falta que uno tome en serio los artificios de un poeta y siga dialogando con ella, como si estuviera presente y a punto de responder estas palabras.
  22. Mar de los sargazos, lamentable cementerio de navíos, pudridero de esperanzas: aquí está, aquí estoy. Después de todo, es un lugar como cualquier otro para uno emita su mensaje. S.O.S., S.O.S., S.O.S. ¿habrá quien descifre algo tan desactualizado como el código Morse?
  23. ¡Ah, los afectos incondicionales, las ideas no revisadas, los rituales, las rutinas, las clientelas, que primero te rodean, impidiendo que te sientas nunca del todo solo y después te estrangulan, amablemente no pocas veces, porque no te atreves a resistir sus presiones!

    Multitud

  24. Si los rituales se borraran de tu memoria, si los afectos se enfriaran uno tras otro, si las rutinas se quebraran por decisión ajena, ¿cómo sobrevivir al pánico de ser libre, demasiado libre para tu gusto?
  25. No puedo evitarlo: me sujeto de lo que encuentro a mano, dialogo con aquellos que se me acercan, elaboro proyectos que me comprometen. Solo cuando me siento rodeado por una sólida red de normas y opciones, comienzo a experimentar el confort que constantemente reclamo de mi vida.
  26. Los objetos que se te someten después de haber aprendido a usarlos, las caras familiares, los lugares en los que te mueves hasta con los ojos cerrados: te encierras como quien respira, sin pensar y sabiendo que en ello se te va la vida.

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