Últimas palabras (por ahora)

André Gide

Todas las cosas ya fueron dichas, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo. (André Gide)

  1. Todo parece haber sido dicho antes de ahora y sin embargo debo reiterarlo, hasta con vergüenza de resultar tedioso, porque no todos los que debieron enterarse estaban atentos, ni tampoco era el momento más oportuno para intentar la comunicación, ni uno fue capaz de expresarlo de la manera más adecuada. Las últimas palabras que nos quitan el sueño y justifican tantos ensayos, probablemente nunca sean las definitivas.
  2. Habrá un día en el que no me quede nada por decir (no es que nunca haya tenido tanto). Confío darme cuenta de la situación por mí mismo. Si por cualquier motivo no sucede así, lo más probable es que alguien me lo dé a entender sin demasiadas contemplaciones. Me preparo para ese momento, escribiendo y releyendo. Rara vez hablando.
  3. La tentación de guardar silencio en un mundo entregado a la feliz cacofonía, es una pasión adictiva. Una vez que la pruebas, quieres más y más. Podrías intoxicarte de tantas palabras que abortas.
  4. Para los adolescentes, el mundo espera con impaciencia el mensaje que nadie más que ellos será capaz de ofrecer. Cuando crecen, cada les resulta más evidente que en el mejor de los casos no habrán de agregar más que una glosa al discurso ajeno.
  5. Un día de estos dejaré de escribir y no será noticia de la prensa. Habré muerto o perderé todo interés en dejar cualquier huella de mi paso por este mundo. No es pudor, ni pánico, sino elemental sentido común ¿Acaso puedo vanagloriarme de haber logrado atrapar alguna vez el sentido que el azar o la determinación pusieron al alcance de la mano? Mientras el final se demore, por las dudas, me dedicaré a ensayar, mediante la escritura, algún tipo de despedida.

    Samuel Beckett

  6. Al recorrer los textos de Samuel Beckett en mi juventud, experimenté algo parecido al horror vacui que se menciona respecto del barroco, pero en sentido inverso. En lugar de ocupar todo el espacio disponible, se exploraba la posibilidad de reducirse al mínimo, a todavía menos que el mínimo. De una lección como esa tardé en recuperarme. Para alguien que planeaba escribir, enfrentar las seductoras evidencias de que no vale la pena escribir, que ni siquiera tenía sentido intentar emocionar a nadie, era averiguar que gran parte de mis expectativas se encontraban condenadas al fracaso y no había otro camino que el silencio.

    Franz Kafka

  7. Franz Kafka esperaba que sus textos fueran quemados por su albacea, después de que él muriera. Aunque estaba enfermo, ¿por qué no se encargó él mismo de completar la tarea? ¿Confiaba en que el buen sentido y probablemente algo todavía más evidente, la admiración que Max Brod sentía por él, se interpusieran en el cumplimiento de sus órdenes? ¿Acaso pretendía que una obra que tanto esfuerzo le había demandado, fuera destruida sin dejar otros rastros que la memoria de un par de lectores?
  8. Ya no queda mucho por decir. Me consta que mi tiempo de intentarlo se acabó y de poco valdrá solicitar una prórroga. ¡Qué alivio dar por concluido todo esto! ¡Qué privilegio desconocido para la mayoría, el de cortar aquí el discurso que elaboré durante años, y darlo por concluido, en el estado en que se encuentre, de una vez por todas!
  9. Cuando era muy joven, desconfiaba de mi derecho a reclamar un puesto en el mundo, por pequeño que fuera, desde el cual me contentaría conaguardar a que me oyeran, porque otros lo habían establecido su territorio mucho antes que yo y estaban dispuestos a defenderlo, aunque no tuvieran mucho que decir. Al envejecer, comprendí la posibilidad de callarme para expresar mi punto de vista, un privilegio rara vez disputado por nadie. Ahora me reclaman porque callo.
  10. ¡He dicho! En ese momento el orador comienza a arrepentirse de haber cedido su turno, pero los aplausos le recuerdan que no es posible volver atrás.
  11. Puedo hablar con dos o tres, en la confianza de abrir un diálogo en el que todos participen con las mismas armas, pero difícilmente me interese pronunciar un discurso ante una multitud a la que se ofrecen tan pocas oportunidades de responder.
  12. ¡He dicho!¡Qué alivio perceptible se distingue en la cara de los oyentes! No es el signo de la felicidad completa, porque ya sospechan que probablemente quede alguien más, con su discurso preparado, que no renunciará a la oportunidad de difundir.
  13. Las mejores últimas palabras, no tienen por qué ser las más ensayadas o contundentes. Ocurren a veces, por azar, delante de testigos que habrán de recordarlas, y después haberlas pronunciado, el autor ya no se está disponible para corregirlas. Gracias a la muerte adquieren un valor del que la vida las hubiera despojado, al acumular otras frases que arruinan el efecto.
  14. No obstante mi decisión de callar definitivamente, quizás me quede casi todo por decir. Pero no es mi misión sagrada exponerlo, ni está en juego el destino del cosmos, ni me responsabilizo de divulgar eso que ni siquiera sospecho qué puede ser.
  15. ¡Oye! A ti te hablo. No me obligues a elevar demasiado la voz, ni te creas invitado a responderme en voz alta, porque conseguirás que te miren como a un delirante que habla solo.
  16. ¡He dicho! Tal vez no agoté los argumentos disponibles, tal vez nadie me haya prestado la atención que se necesita para que mis palabras se recuerden, quizás mi discurso quedó incompleto, pero entre tanto logré establecer una paz provisoria con los fantasmas personales que me obligaban a continuar hablando.
  17. Habían pasado la mayor parte de sus vidas juntos. Al comenzar la etapa de la despedida, comprendió que no estaba en condiciones de decir nada que fuera digno de la ocasión y no doliera a supareja.

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