Fotomatón

Tiras de fotografías

Que el hombre, tan poco amigo de la verdad, haya inventado el espejo, es el hecho más sorprendente de la Historia. (Friedrich Hebbel)

Una fotografía es un secreto acerca de un secreto… Cuanto más te dice, menos sabes. (Diane Arbus)

  1. Uno entraba en una cabina estrecha, instalada en lugares públicos, corría una cortina para preservar la intimidad, se sentaba ante un espejo que le permitía componer su apariencia, y no tardaba en ser sorprendido por cuatro o seis lamparazos (no recuerdo cuántos) que en pocos segundos  producían sendas fotos en sucesión, ninguna de ellas escogida por ningún fotógrafo, porque todo el proceso había sido automático, y si te defraudaban esas imágenes, si te costaba reconocerte en ellas, no había ante quien quejarse, porque todo había sido exclusivamente tu responsabilidad.
  2. En el fotomatón algunos usuarios optan por ofrecer la misma expresión, la misma pose, como si dispusieran de una máscara satisfactoria y carecieran de alternativas, mientras otros intentan aprovechar la variedad de expresiones y poses que son capaces de elaborar en el escaso tiempo que les conceden, como si al cabo de esa búsqueda apresurada pudieran hallar la verdadera.
  3. Habría que destruir periódicamente los retratos que se desactualizan, para evitar que se conviertan en testigos que nos acusan de no ser los mismos, como si el cambio fuera una de las modalidades más soeces de la traición.
  4. Estaba a condenado a repetir más o menos lo mismo, casi siempre lo mismo, después de todo lo mismo, a pesar de todo sus esfuerzos lo mismo, por fin lo mismo, especialmente y sobre todo lo mismo, nada más que lo mismo, nuevamente lo mismo, obcecadamente lo mismo, como si no hubiera otra manera de otorgarle algún sentido a su vida.
  5. Los espejos nos mantienen engañados: ese desconocido que nos contempla, que nos desafía, que se burla de nuestra concentración y a veces nos derrota sin salir de su mundo inaccesible, no puede evitar que nuestra victoria consista en recordar que no existiría sin nosotros.

    Stefan Zweig

  6. Nunca se sabe muy bien dónde está la verdad en una imagen, pero al menos cuesta poco darse cuenta dónde es que la verdad no está presente. Mis retratos lo revelan mejor que nada. No soy exactamente aquello que yo pensaba de mí. Quizás no haya sido sometido a ningún retoque capaz de alterar eso que yo era en el momento del registro, pero de todos modos no acepto (ahora) continuar siendo aquel que (entonces) pude haber sido.
  7. ¡Ay, las evidencias de que para alguien (un fotógrafo) fui alguna vez la materia inestable de un ser humano jamás igual a sí mismo! ¡Ay, la certeza de que gracias a su decisión o su descuido, esa fugacidad permanece hoy fijada en lo que se considera un documento de identidad!
  8. Ese que fotografiaron alguna vez, no soy del todo yo, porque el tiempo nos distancia. Lo evidente es que ni siquiera podía ser todo lo que yo era entonces. Quedé registrado en el momento mismo de plantearle al fotógrafo una ficción de mí, que pasó a convertirse en el documento de identidad con el que me confrontan cada vez que necesitan averiguar si soy efectivamente quien afirmo ser. Todavía no entiendo cómo no me llevan preso por la impostura.
  9. Hubo alguna vez una foto de cuando tenía quizás un año y medio de vida, vestido de blanco, rubio, apoyándome en el artefacto de un estudio fotográfico que no es un mueble, ni significa nada, solo una forma de cartón o madera que me permite mantenerme de pie, casi de espaldas a la cámara y torciendo la cabeza en dirección a mi madre o una de mis tías, que debieron llamarme desde fuera del encuadre, en un gesto espontáneo para mí, calculado por los adultos. Gracias a todo lo que no se ve, yo descubro la cámara, demasiado sorprendido para entender que hasta entonces me estuvieron engañando.
  10. Esa foto me desnuda más allá de lo que estoy dispuesto a exhibirme, no para seducir a nadie (como espero habitualmente) sino para exponer lo menos aceptable de mí, la mortalidad, que es la de cada espectador que voltea la cara por primera vez, por única vez, irrepetible,  hacia lo desconocido.
  11. El dolor de observar la realidad, parecía superado en las fotos de Diane Arbus por la necesidad de compartir esa experiencia con quienes pasan la vida, sin fijarse en todo aquello que no concuerde con sus expectativas triviales. Finalmente, después de tantas exploraciones de lo que mejor hubiera rechazado, el dolor prevaleció sobre la misión autoimpuesta y Diane Arbus decidió no ver más nada.
  12. No hace falta decirlo con demasiado énfasis: odio las fotos de los documentos de identidad, porque no mienten. Solo dicen una verdad que resulta inaceptable: mi desnudez ante alguien que lo exigió para constatar quién soy y no aparenta sentir el menor afecto por mí.
  13. Si mis fotos registraran exactamente lo que soy, desafiarán mi esperanza de haber cambiado todo el tiempo. Aunque solo sea por eso, las imágenes del pasado me resultan odiosas.
  14. Ese que fotografiaron no soy yo ahora, ni podía ser yo entonces. Quedó registrado en el instante de representar un personaje que pasó a convertirse en aquel con quien debo compararme para certificar que existo.

    Fotomatón

  15. Me cuesta aceptar (probablemente nunca diga amar) las evidencias que me brindan la imagen de un documento de identidad. Ese fui yo en algún instante. La distancia entre las imágenes de entonces y la actual me revuelan cuánta fragilidad me alentaba a fingir aquello que sin embargo era.
  16. Hay un dolor insidioso en las fotos cuidadosamente posadas para la cámara, en los filtros, las luces y el maquillaje que el objetivo acepta complacido. Todo eso que se agregó con la mejor voluntad, esquiva la realidad engorrosa, texturada, sucia, imperfecta, enigmática a más no poder, donde un ser humano deja caer por la fracción de un segundo las barreras habituales, que el grupo al que pertenece le obliga a erigir y confía en otro ser humano, el fotógrafo, que de atreverse o incluso por descuido, lo registraría en su más completa desnudez.
  17. ¿Por qué el arte del fotógrafo debiera limitarse a eludir la realidad, cuando goza por un instante la posibilidad de hallar esa fisura tan breve de la realidad en la que todo lo que se ocultaba queda al descubierto?
  18. Sin maquillaje, ni poses favorecedoras, ni luces oblicuas, ni filtros piadosos, ni retoques manuales, ni fotoshop, las imágenes que me identifican me acusan de no ser quien creo ser, sino alguien que cuesta un enorme esfuerzo ver, porque viene a contradecir mis más arraigadas ilusiones. ¿Debe humillarme tanto?
  19. Las máscaras desnudan todo aquello que aparentan cubrir, porque la cara no pasa de ser otra máscara, una de la que resulta más difícil sospechar, porque rara vez puede quitársela.
  20. ¡Tócame! Recuérdame que del desánimo que a veces prevalece, vale la pena cerrar los ojos y olvidar los espejos, porque no soy lo que me muestran ellos, sino lo que tú acaricias.
  21. Cuando sueño, dejo de ser yo, generalmente con alivio, aunque rara vez del todo. Sigo considerándome yo, pero más bien se trata de la inercia. Ese que se dice yo es más sensible a mis temores, más abierto a mis deseos, más aventurado en sus decisiones. Él es otro y sin embargo continúo hablando de él como si fuera yo, gracias a la distancia que desdibuja las evidente diferencias. Apenas me descuido, he comprobado, vuelvo a considerarlo yo.
  22. Allí donde algo me duele más, sé que estoy yo: ninguna duda cabe sobre la identidad de aquel que sufre. En la más completa felicidad, en cambio, compruebo que me cuesta reconocerme.
  23. He memorizado los números de la calle donde vivo, de mis documentos de identidad, de mi teléfono celular, de mi cuenta bancaria, de la placa del auto y el seguro de salud… Realmente no sería nadie sin esos números que debo recordar todos los días, a pesar de que ellos no son capaces de definir quién soy.
  24. Una de mis amigas dice: son las flores de la edad. Esas manchas que primero invaden el torso y luego no perdonan las manos y finalmente mancillan la cara: de nuevo soy yo, como en el tiempo ya distante en que el tiempo no era todavía un contendiente digno de ser considerado por mí, solo que ahora él se toma parsimoniosa venganza de mis desafíos.
  25. Puedo verte en mi sueño. Te busco en mi sueño. Al despertar te veo cerca y sin embargo tardo en reconocerte. No dudo que tú seas tú, cerca y real, por suerte. Pero entonces, ¿quién soñaba?
  26. Cuando alguien me describe, tardo en reconocerme y me apresuro a hacer un chiste para evitar que esa imagen se fije en la memoria de los oyentes. El día de mi funeral, será un alivio no estar en condiciones de retocar el discurso ajeno.

    Ataud de Tutankamen

  27. De Tutankamen, figura no demasiado relevante de una cultura antigua, queda el esplendor de un ritual diseñado para volverlo eterno, mediante el oro, las piedras preciosas, el trabajo de centenares de esclavos y el secreto del último lugar de su residencia, garantizado por la muerte de los encargados de construirlo. Todo en vano. De mí, no quedarán más que cenizas, ojala que dispersas en el viento. Un día estaremos tan muertos el uno como el otro.
  28. Lady Macbeth no sería nadie sin su marido, al que convierte en la primera víctima de sus crímenes. Madame Bovary, en cambio, solo tiene a los hombres que la rodean (su padre, su marido, sus amantes) como figuras episódicas que la ayudan a destruirse.
  29. Fui el hijo de mis padres y el sobrino de mis tíos, hasta que ellos desaparecieron. Seré el hermano de mis hermanas y el marido de mi esposa, hasta que también ellas desaparezcan. De acuerdo a todas las probabilidades, duraré bastante menos como el amigo de mis amigos y el profesor de mis estudiantes. Ahora estoy frente a un fotógrafo y continuaré siendo lo que él decida registrar de mí, durante una fracción de segundo.

Un retrato mío… Nunca hubo retratos en mis libros. Es algo falso, el retrato. Construye algo en torno a una apariencia y resume la vida que es inmensa, compleja, inabarcable. (Nathalie Sarraute)

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