El Emperador de China y otros déspotas

 

Gran muralla china

Cuando uno está solo arriba y los otros no pueden subir, tiene que rebajarse a ellos, si no le gusta estar solo. (Schopenhauer)

 Una monarquía absoluta es aquella en que el soberano hace lo que le place, siempre que él plazca a los asesinos. No quedan muchas: la mayoría han sido reemplazadas por monarquías limitadas, donde el poder del soberano, para el mal (y el bien) está muy restringido; o por repúblicas, donde gobierna el azar. (Ambrose Bierce)

 

  1. El Emperador de China debe ser un solitario, no porque le falten aduladores ambiciosos, interesados en asegurarse un puesto privilegiado en la Corte, mediante la promesa de servicios que nadie más que ellos se encontraría en condiciones de ofrecerle, sino por el temor del Emperador a entregarse al sueño en la vecindad traicionera de sus favoritos.
  2. Hubiera querido vivir en compañía de otro ser humano, pero al mismos tiempo, tanto por temor a fracasar en cualquier intento de relación, como  por no tardar en imaginarse víctima de quien aceptara como acompañante, rechazaba toda alternativa de escapar de la soledad.
  3. Tiene que defenderse. Todo el tiempo. No importa de quién. Nunca terminará de exterminar a sus enemigos, que no descansan y se renuevan. Más de una vez añora la época en que no era nadie y sin embargo disfrutaba la delicia del sueño sin interrupciones. Pase lo que lo pase, no está dispuesto a recaer en esa felicidad tan simple.
  4. El Emperador de China estableció un círculo de adivinos, médicos, funcionarios y servidores que cumplían sin dilación sus órdenes y lo defendían de cualquier intento de cuestionar su poder absoluto. Ellos, los instrumentos ciegos de su capricho, fueron quienes lo condujeron a la muerte.
  5. La defensa del territorio que tanto dolor había causado al Emperador de China, terminó por convertirse en la principal razón de su existencia. Nunca nadie había dispuesto de poderes tan grandes como los suyos, para quedar reducido a prisionero del aparato que hubiera debido controlar.
  6. Solo hay un sitio donde se puede estar a salvo de las intrigas y penurias, imaginan aquellos que luchan por alcanzarlo. Desde la cima, el Emperador contempla esa puja de miles de ambiciosos que le impide concentrarse en otras tareas que su sistemática eliminación.

    Qin Shi Huang

  7. A la sombra del Emperador de China proliferaron los funcionarios que hubieran debido recolectar los impuestos y aplicar las leyes, pero se dedicaban de inmediato a embolsar prebendas e imponer su capricho. Contra esa plaga, aquel que todo lo podía estaba desarmado.
  8. No había humillación a la que no estuvieran dispuestos a someterse los funcionarios del imperio, con tal de asegurarse una minúscula tajada del poder, que a muy pocos les era dado disfrutar. Cuando la obtenían liquidando en el camino a los competidores que se interpusieran, la memoria de su degradación no los abandonaba.
  9. Funcionarios de mediana jerarquía no tardaban en revelarse, al poco tiempo de designados, como perfectos déspotas. De haberle sido otorgados mayores poderes, hubieran superado en crueldad y arbitrariedades al mismo Emperador de China.
  10. Desde hacía siglos se decapitaba rutinariamente a los funcionarios de mediana jerarquía, tras cuatro años en el poder, sin molestarse en analizar si lo merecían o no, para evitar que en el caso de disponer de más tiempo llegaran a complotar contra el Emperador mismo, causando daños a la nación y deshonrando para siempre a sus descendientes.
  11. Si el Emperador de China no hubiera creído ciegamente que la ingestión habitual de mercurio le aseguraba la tan deseada inmortalidad, hubiera muerto de todos modos (porque no pasaba de ser un hombre como cualquiera), pero no tan pronto ni de manera tan penosa, envenenado por la sustancia que debía librarlo de todo riesgo.
  12. Recompensar el buen desempeño de sus servidores no figuraba en sus planes. Eso hubiera sido alentarlos a justipreciar con objetividad su aporte e invitarlos a pensar en la independencia.
  13. El Emperador de China decretó que el pie de las mujeres no debía medir más de quince centímetros. Millones de mujeres intentaron ajustarse al requerimiento, aunque debieran sufrir dolores incontables cada vez que se sometían a la tortura del calzado. El resto desistió por considerarse animales de carga, más que seres humanos. Ninguna se atrevió a reclamar. De ese modo el Estado consolidó la paz entre hombres y mujeres.
  14. Solo podía aceptar la colaboración de aquellos que por su inexperiencia o desesperación no sabían muy bien qué aportar, porque solo de ese modo aseguraba su poder sobre ellos, manteniendo la ilusión de que ninguno de ellos era otra cosa que un estorbo del que hubiera podido prescindir en cualquier momento.
  15. El Emperador de China no pudo madurar nunca, porque no había deseo suyo que un entrenado ejército de sirvientes no se afanara en satisfacer. Muy pronto se acostumbró a esta celeridad propia de los incondicionales y juzgó como una falta imperdonable, castigada con la muerte, que lo obligaran a esperar por nada. Uno de sus grandes tormentos, imposible de ser aliviado por los médicos, era el tedio.
  16. ¿Qué hacer para mitigar el aburrimiento del Emperador de China? Tanto la música como la poesía lo dejaban indiferente. Los calígrafos más refinados no lograban distraerlo con el fruto de sus pinceles. Bailarines y luchadores afamados lo hacían bostezar. Mujeres hermosas, llegadas de cuatro continentes, fracasaban en el intento de despertar en él pasiones duraderas. Torneos atléticos y carreras de caballos le parecían un derroche injustificado de energías. Era un pobre tipo, que no servía para nada más que gobernar el Imperio. Cuando se aburría, sospechaba que ni para eso servía.
  17. Sin burocracia especializada hubiera sido imposible gobernar el inmenso territorio de China. No obstante lo anterior, esa burocracia era ingobernable. Por eso el Emperador trataba de imponerse a quienes lo servían, mediante instrumentos tan opuestos como el terror y la envidia que despertaba.
  18. El Emperador de China no puede entender que lo responsabilicen de nada (comenzando por sus propios actos), cuando sus súbditos están para eso. Él no tiene dudas, ni puede cometer errores, ni guardar memoria de sus actos, por lo que no somete a correcciones, como le corresponde al común de los mortales. Aceptar lo contrario, sería invitar a sus enemigos a redoblar sus esfuerzos por deponerlo y entonces no serían muchos los dispuestos a defenderlo.
  19. El Emperador de China amaba a sus caballos más que a ningún ser humano. Por eso había ordenado que los alimentaran con el forraje de mejor calidad, incluso en épocas en que sus súbditos morían de hambre, que los engalanaran con monturas que superaban en esplendor al traje de muchos cortesanos. Ellos lo conducían sin protestar, hacia donde él ordenaba, aunque fuera el centro de las batallas, donde serían los primeros en morir, porque después de todo no pasaban de ser colaboradores perfectamente intercambiables por otros de su misma clase.
  20. El Emperador de China se sentía cómodo entre los eunucos. El resto de los hombres lo amenazaban, sin saberlo ni quererlo, dada la imaginaria competencia que entablaban con él sus penes.
  21. El Emperador de China se sentía cómodo entre reconocidos traidores. Probablemente lo venderían a él, si alguien les ofrecía mejor paga, pero mientras tanto era él quien se encargaba de recompensar sus servicios, logrando que no se detuvieran ante ninguna ley ni consideración moral, con tal de complacerlo.
  22. El Emperador de China se sentía cómodo entre los proxenetas. Mientras ellos explotaban sin consideraciones de ningún tipo a sus víctimas indefensas, y no dudaban en matarlas antes que renunciar al control que ejercían, poniendo su propio bienestar por encima de todo, el Emperador los veía como aprendices de un oficio en el que nunca llegarían a dominar plenamente, porque solo al Emperador le estaba reservado el pleno disfrute de su potencial de déspota.
  23. El Emperador de China prefería beber alcohol con sus enemigos, a pedir el consejo de los amigos. De los primeros sabía que atenerse y no lo tomarían por sorpresa, una situación que no le impediría obtener informaciones útiles, siempre y cuando se mantuviera razonablemente sobrio, mientras que su confianza en los segundos, mostraba un flanco débil que los alentaba a traicionarlo.
  24. Preocupado por asegurar la continuidad de los suyos en el poder, el Emperador de China engendró cientos de hijos en sus decenas de esposas y concubinas. Muchos de esos hijos morían durante la infancia, por causa de enfermedades y médicos ineficaces. Otros, envenenados por las madres y sirvientes de sus hermanastros. Aquellos que sobrevivían, se preparaban para luchar a muerte con los otros aspirantes al trono. Como consecuencia de estas guerras internas, lo más probable es que el Imperio colapsara.
  25. El Emperador de China odiaba el arte, capaz de anular, aunque solo fuera por un rato, la sumisión absoluta que le debían sus súbditos.
  26. Cuando el Emperador de China decidió proteger a los artistas, los efectos de su patrocinio fueron todavía más lamentables que su odio, porque promovió el trabajo de los más conformistas y serviles, desalentando a todo aquel que tuviera una visión propia.
  27. No es que la gente que nominalmente se encuentra al servicio del Imperio sea cruel y corrupta por naturaleza, sino el sistema que les ofrece alternativas tan escasas de ejercer el poder y los invita a comportarse de ese modo para llegar a disfrutarlo. Cambiar el sistema, del cual dependen todos, incluyendo al mismo Emperador, es materia que se encuentra fuera de toda discusión.
  28. Los burócratas del Imperio habrían sido designados por Dios para disfrutar los privilegios que usurpan en la actualidad y por los siglos de los siglos, si el común de los mortales se resignaran a permitírselo.
  29. En el grupo indigno de altos miembros de la corte imperial, cada uno se presentaba como el garante de la dignidad de los otros. La combinación no hubiera podido ser más perfecta, con el objeto de preservar la ilusión que beneficiaba a todos, si alguno de ellos hubiera sido capaz de mantener su compromiso.
  30. El Emperador de China decretó su inmortalidad. En cualquier otro ser humano, esa declaración hubiera cubierto de oprobio a quien la proclamara. Todos aquellos que se hubieran enterado de la decisión, se habrían reído en su cara. Pero el Emperador era el dueño indiscutible de los cuerpos y almas de millones de súbditos. Por lo tanto, no le resultaba imposible dedicarlos a construir un país subterráneo completo, donde se retiraría en el momento en que la muerte se atreviera a reclamarlo, para continuar gobernando a su pueblo por la eternidad.
  31. La gran muralla inconclusa desafiaba el poder del Emperador de China. Mientras no se completara, tampoco podría olvidarse de esa construcción inútil, que ocupaba sus sueños desde hacía tantos años, pero una vez que se completara, ¿quedaría algún motivo para continuar en este mundo?
  32. Desde que se proclamó a sí mismo Dios (sin hallar ninguna resistencia de parte de sus sabios consejeros), el Emperador de China solo aparentaba tomar en serio la religión del Estado. Ninguna de las virtudes que planteaban los textos sagrados para el común de los hombres le resultaba conocida, pero de todos modos apreciaba el poder que la religión ejercía sobre sus súbditos. Es mejor orar que pensar por cuenta propia, decía. Lo primero asegura el aplauso de todo el mundo, incluyendo aquellos que no creen, mientras lo segundo solo genera desconfianza y tarde o temprano, revuelta.

    Emperatriz Viuda

  33. Las humillaciones que debió sufrir la Emperatriz de China, con tal de obtener su alta investidura, no deberían ser tomadas en cuenta por nadie. Más aún, quien las recordara estaría en problemas y bastaría que hubiera sido testigo de alguna o la hubiera ayudado a superarla, para encontrarse en dificultades, porque la versión oficial de los hechos es que la Emperatriz nació predestinada al poder, como el sol nace para iluminar el universo.

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