Vejez y otros aterrizajes

Albert Einstein

  1. Aprender a despedirse, es el programa razonable para ocupar esta etapa de la vida. No te preocupes de completarlo, porque lo más probable es que no tardes en olvidar buena parte de lo que en un momento dado consideres aprendido, por lo que te será necesario intentarlo de nuevo, como si fuera la primera vez.
  2. Estás convencido de que no te queda nada por aferrarte a la vida, y sin embargo, ten paciencia, vuelve a mirar, porque lo más es probable que algo permanezca, allí donde no esperabas, allí donde menos aprecias. Algo continúa invitándote a continuar, aunque solo sea tu convicción (errada) de que todo ha concluido, contra las porfiadas evidencias de que no eres capaz de ver con tanta claridad el mundo.
  3. Nada funciona ya demasiado bien, ni corresponde confiar que por mucho tiempo, cuando uno envejece. Con frecuencia uno descubre que algo falla. No es una perspectiva de felicidad ilimitada y sin precio, cosa que debería alegrarnos más de lo que suele, porque peor es imaginar que la eterna juventud y la salud perfecta son proyectos viables y no hace falta prepararse para el aterrizaje que tarde o temprano se impondrá.
  4. Confío que no lo tomen como queja o disculpa, pero nunca me prepararon para ser viejo, por lo que no es raro que en la actualidad, enfrentado a problemas que no admiten dilaciones, vaya tanteando y metiendo la pata con tal frecuencia, que para los observadores puede parecer un método.

    Indio Hopi

  5. Para el gran amor de su vida, uno se prepara enamorándose de otras personas que no llegarán a tener nunca la misma importancia. Preparándose para la vejez, uno debería aprender a despedirse de todo lo que considera imposible de perder, sin que la vida pierda todo el sentido.
  6. Contemplar a los viejos debería ser una actividad tanto más útil para cualquier joven que tirar las cartas del tarot o leer el horóscopo. Allí están algunos de los futuros posibles para el observador, sin metáforas interpuestas que distraigan de lo concreto. Eso que tanto cuesta ver de frente, es lo que le aguarda y también aquello de lo cual tiene la oportunidad de apartarse.
  7. No digo que uno acepte las despedidas con alegría, pero al menos conviene tener presente que la habilidad para hallar sustitutos y el peor de los casos, autoengañarse, es inagotable.
  8. A pesar de la sordera que lo aislaba del mundo, mi abuelo paterno aprendió a tocar el piano por sí mismo, después de los setenta años, cuando sus hijos habían crecido, recibido su herencia y probablemente nadie lo necesitaba en este mundo. Nunca me dijo: tómame como ejemplo, pero hoy lo recuerdo exactamente como eso.
  9. Mis abuelos maternos murieron tan jóvenes que dejaron huérfanos a sus hijos pequeños. No los conocí. Por eso la lección que me dejaron fue: ¡Sobrevive! Pase lo que pase, intenta salir adelante, porque si tu vida tiene algún sentido, es que te debes a otros.
  10. Uno de mis amigos de juventud afirmó en mi presencia (entonces preferí creer que no pasaba de ser broma) que nadie merecía vivir después de los cuarenta. Cuando llegó a esa edad, estábamos separados y yo no recordé lo que después de todo había que considerar una promesa. Él demoró diez años más en cumplir el anuncio. ¿Qué lo detuvo tanto tiempo, pero no fue capaz de postergar indefinidamente la condena?
  11. No sé si lo hubiera agradecido a quien tratara de educarme para la eventualidad de ser viejo, una situación que en mi juventud me resultaba inconcebible. Aquellos que pudieron ser mis maestros, parecían haber entablado un complot para decir lo menos posible sobre su experiencia, no fuera que las nuevas generaciones perdiéramos las ilusiones que nos permitían continuar vivos.

    Nelson Mandela

  12. ¡Ah, la frágil flor de la juventud! Tiene que desaparecer pronto, es la ley de la vida, pero de muy poco depende que se frustre (como sucede la mayor parte de las veces) o fructifique.
  13. Un día de estos voy a morir, como todo el mundo que nació. Probablemente me suceda antes que a los jóvenes con quienes hoy comparto el mundo, pero tarde o temprano todos pasaremos por lo mismo. Hay una verdad estadística que no intento desafiar, porque lo inevitable es anunciado para mí por una sensación de alivio, que los jóvenes tardarán toda la vida en aprender.
  14. Hay un día (no diré que afortunado) en el que te dices: soy viejo, las únicas novedades que me restan por experimentar, son enfermedades, agotamiento y muerte. Brusco aterrizaje de quien se creyó sin límites, pero al menos ¿puede haber otra certeza más digna de crédito?
  15. La memoria de la felicidad puede ser tan paralizante como la memoria de la desgracia. Al envejecer, uno debe lidiar con ambas, a diferencia de los jóvenes, que se ahogan en el presente.
  16. Dada mi edad, no me dejan mucho espacio para la rebeldía. No obstante, me queda el consuelo de no ser el viejito al que todo le da igual, ese personaje imaginado por los jóvenes, para no caer en pánico ante la idea de su propia mortalidad.
  17. Cuando estás lejos, como le sucede a los jóvenes, tiendes a confundir la vejez con la muerte. Cuando te encuentras tan cerca como estoy yo, aprecias que el parentesco diste de ser identidad.

    Golda Meir

  18. Antes de morir, mis deseos de estar vivo pueden haberse agotado: quizás otros lo adviertan, mientras yo siga sin darme cuenta de lo que pasa. No se molesten en hacérmelo entender, porque lo más probable es que no me sea de ninguna utilidad. Si me estiman, solo miren para otro lado.

A: ¡Cómo ha envejecido usted!

B: Eso es que suele ocurrir cuando se vive mucho. (Georg Lichtenberg)

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