Presentación

botella10

Cualquier texto escrito (este blog también) puede ser entendido como la botella que un náufrago (el autor) lanza al mar, con un mensaje que no se encuentra en condiciones de entregar personalmente. Al confiarlo a un objeto tan frágil como una botella, él apuesta a que no se perderá en el laberinto de las corrientes imposibles de controlar, que no chocará contra los arrecifes.

Una de las posibilidades que afronta una botella, es hundirse mucho antes de que nadie lea el mensaje que transportaba. Otra, que el corcho no consiga impedir que penetre la humedad y el texto resulte ilegible, cuando llegue a los ojos de alguien.

Después de publicar algunos libros no demasiado extensos ni memorables, que a pesar del esfuerzo que insumió escribirlos, debieron ser menos apasionantes de lo que yo suponía, porque de otro modo se hubieran vendido más y me hubieran deparado mayor número de respuestas de lectores, situaciones tales como la autocrítica, el progreso de la edad y una disminución de la vista me condujeron a las formas literarias cada vez más breves.

Al escribir o al hablar, uno intenta capturar (y transmitir) el sentido que atisbó en algún momento, recurriendo al lenguaje que dispone y se le resiste cuando elige cada palabra. De algún modo, apuesta a que no obstante la incertidumbre que rodea al proceso de comunicación, logrará fijar algún residuo significante en el texto.

Muchas veces uno abriga dudas sobre la legitimidad de toda la operación, presiente el fracaso que tarde o temprano lo aguarda, y no por eso deja de intentarlo. En esos casos, uno se vuelve crítico de los discursos ajenos y propios. Piensa mucho y sobre todo se calla pronto.

Cuando se pretende renunciar a los malos hábitos que aseguran el aplauso y vaciar al discurso de abultamientos decorativos, es como tratar de olvidar los coordinados movimientos de piernas y brazos que lo mantienen a flote cada vez que se encuentra en el agua. Son destrezas que una vez interiorizadas, cuesta dejar de lado.

Los antiguos escribían poco, fuera porque no había suficientes tablillas, papiros o pergaminos para fijar sus ideas, situación que los llevaba a destruir textos antiguos para imponer los suyos, fuera porque preferían confiar en la memoria y el olvido de quienes recibían sus textos. Uno los admira, no se sabe muy bien si por su concisión, por el azar que preservó una materia tan frágil o porque se ve obligado a completar aquello que no está del todo escrito.

Aprender a no decir demasiado, como exigen los aforismos, aprender incluso a no decir nada (lo menos posible, pero con mayor precisión) no es una destreza que ninguno de nosotros posea naturalmente. La cultura se encarga de convencernos de la conveniencia de hacer lo contrario. Este casi libro, menos que un libro, distribuido sin tomar en cuenta la existencia de editoriales y librerías, documenta mi proceso (contradictorio) de despedirme del lenguaje.

Elaborar aforismos puede ser una adicción tan riesgosa como las otras, con la diferencia de que afecta a menos gente y no puede causar ningún daño. Una vez que uno comienza a acumularlos, algunos dan la impresión de convocar o generar a otros, estos se conectan con aquellos, estos otros aclaran o se oponen a los anteriores, en una actividad a la que el autor asiste como un lector más, desconocedor de las reglas de un juego que lo incluye y desborda.

Los aforismos son, después de todo, una manera como tantas otras de observar el mundo, interrogarlo y otorgarle sentido. Una manera sintética, a todas luces incompleta, en lo posible divertida, nunca demasiado pretenciosa, conocedora de su destino: el olvido final en el que queda sumido la mayor parte de los proyectos humanos.

Ningún aforismo cambia la visión del mundo de nadie (¿acaso un texto más extenso y mejor agumentado consigue algo parecido?). Tal vez un aforismo logra muy de vez en cuando que se lo recuerde, que se lo cite sin grandes alteraciones, que se lo acumule en colecciones variopintas, pero su materia escasa no espera construir nada que perdure demasiado. Hay sin embargo una dignidad propia del decir escueto, que los grandes discursos desdeñan. Si van a olvidarlo, plantea el aforismo, pueden hacerlo ya, porque a pesar de todo llegó a destino, concluyendo un viaje inverosímil para cualquier botella.

Aquello que me concierne solo a mí, me limito a pensarlo; lo que concierne a mis amigos íntimos, se lo digo; lo que no puede interesar sino a un público reducido, lo escribo; y lo que el mundo debe saber, lo hago imprimir. De una idea que me concierna necesitaré solo un ejemplar, y lo mismo para el amigo y otro tanto para el público reducido, cada uno impreso de la forma que mejor y más fácilmente se adecue a ellos. El mundo debe tener varios ejemplares, por eso los mandamos imprimir. Si hubiera otra manera de hablar con él, en la que fuera posible retirar más a menudo lo dicho, ésta sería, ciertamente, preferible a la publicación. (Georg Lichtenberg: Aforismos)

Una respuesta a Presentación

  1. Alejandra Carmona dice:

    Grandes tus aforismos Oscar!! Te felicito por este Blog, es una sabia elección frente a la dificultad con algunas editoriales. Te felicito por el atractivo diseño del blog que invita a sumergirse en los textos a compartir tu visión sobre el mundo.
    Gracias, Alejandra

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